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Revista Selecciones. Por Robert Collins, Febrero 1979

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                      COSMOS 954: espionaje en el espacio

 

      El 18 de septiembre de 1977 el Cosmos 954 se elevó con gran estrépito en el firmamento desde la base lanzadora de cohetes más grande de la Unión Soviética. Su misión: reunir datos secretos sobre las instalaciones portuarias y los movimientos de las flotas de guerra de Occidente. Sin embargo, a principios de noviembre falló algún mecanismo importante y el satélite espía empezó a salirse lentamente de órbita y a acercarse a la Tierra, unos 260 kilómetros abajo.

El artefacto pasó entonces a ser objeto de intensos esfuerzos internacionales y sus estertores agónicos fueron vigilados por estaciones rastreadoras en todo el mundo. En las semanas angustiosas que siguieron, la epopeya del Cosmos 954 alcanzaría las dimensiones de una novela de misterio de la era espacial.

Llegó deslizándose desde el cielo negro y sin nubes de Yellowknife, en los Territorios del Noroeste de Canadá, a las 4:55 de la madrugada del 24 de enero

de 1978. La señora Marie Ruman salía de su casa, después de un breve período de descanso y refrigerio, para volver a su trabajo nocturno de aseo de oficinas en el centro de la población. Tiritando por el frío de 40° C. bajo cero, se acomodó en su camioneta roja y miró distraídamente hacia afuera, a través del  parabrisas, mientras el motor se calentaba, cuando una luz trémula, entre blanca y anaranjada, empezó a aparecer en el sudoeste.

      ¿ Un avión que se incendiaba? ¡No! Al aproximarse la luz, que dejaba una estela de fuego, la sorprendida mujer pudo ver claramente que no tenía forma de avión.

      “Kathy! ¡Danny! ¡Vengan aprisa!” gritó, al mismo tiempo que hacía sonar continuamente la bocina del auto. Su hijo y su hija, de 14 y 20 años respectivamente, salieron en calcetines, y a todo correr al vestíbulo.

      La “cosa” parecía hallarse ya sobre sus cabezas, casi fluorescente por su blancura. Planeaba tan silenciosamente que los dos perros de la familia Ruman no se movieron. Cada una de las incontables formas pequeñas que dejaba atrás

ese objeto iba seguida de una línea flamígera. ¿Sería un meteorito? De ser así...

      ¿ Cómo pudieron todas esas rocas tan grandes permanecer allá arriba? —balbució Marie Ruman.

      —Lástima! ¡Mi cámara no tiene película! —gimió Kathy.

      Tampoco había tiempo para cargarla. Rápidamente, sin ruido, los pedazos rojizos desaparecieron sobre el horizonte del este, dejando a los Ruman boquiabiertos y temblorosos en la oscuridad. ¿ Qué era aquello?

      Poco después de las 5 de la mañana, la señora Ruman llegó a su trabajo en la estación de radio de la CBC (Canadian Broadcasting Corporation), en Yellowknife. Relató al anunciador matutino su extraña visión.

      —Ha visto usted OVNIS —comentó el hombre, riendo.

      —iNo creo en ellos!

      Telefoneó a la oficina meteorológica del lugar, para preguntar si tenía informes de algún meteorito. Estaba en eso cuando el anunciador volvió presuradamente. Llegaban a la estación otros informes del objeto misterioso. El hombre quería que la señora Ruman relatara su historia en el noticiario de la

mañana.

      Al cabo de tres horas, un anuncio de Ottawa resolvió el misterio.

Marie Ruman era una entre unas cuantas personas privilegiadas: había presenciado los momentos en que se precipitaba a la Tierra un espía del firmamento, el Cosmos 954, satélite soviético de vigilancia.

      La señora terminó su trabajo y regresó a casa, pero no pudo dormir. Durante las 20 horas siguientes su teléfono la aturdió con llamadas de reporteros, hasta de Australia. El mundo se había enterado de un hecho escalofriante: había estado amenazado por un objeto mortal, hecho por el hombre

y procedente del espacio exterior. El Cosmos 954 era un reactor nuclear volador, activado por 50 kilos de uranio fisionable. Sus mortíferos despojos se hallaban en algún lugar del norte de Canadá.

 

      La historia comenzó el 18 de septiembre de 1977, cerca de la aldea de Tyuratam, en Kazakstán, cuya única razón de ser está en su indispensable estación ferroviaria, a unos 2000 kilómetros al sudeste de Moscú. Allí, en la estepa, se encuentra el mejor montado de los tres sitios de lanzamientos espacia

les de la Unión Soviética. Cerca, en la nueva ciudad de Leninsk, que rara vez figura en los atlas, habitan unas 50.000 personas que trabajan en la industria del espacio.

Todos los primeros Sputniks, todos los vehículos tripulados, lunares y planetarios, y los primeros proyectiles balísticos intercontinentales de los soviéticos, fueron lanzados desde ese lugar.

      Y de allí también, a las 5:48 de la tarde, hora local, el Cosmos 954

salió rugiendo hacia el firmamento en su cohete de lanzamiento y empezó a dar vueltas en torno de la Tierra, a 27.000 k.p.h. Se unió así a más de 900 satélites que todavía están en el espacio: a otros espías electrónicos, además de satélites meteorológicos, científicos y de comunicaciones, la mayoría de ellos rusos y norteamericanos. Todos comparten el espacio con cerca de 4000 trozos más de chatarra que están en órbita terrestre.

      Según el tratado internacional firmado al efecto, los soviéticos estaban obligados a informar del lanzamiento a la Secretaría de las Naciones Unidas. Lo hicieron así, en términos Concisos, pero dijeron que su propósito era “la investigación de la atmósfera superior y del espacio exterior”. El 20 de septiem

bre el periódico moscovita Pravda añadió que esa “investigación continua del espacio” recibía la ayuda de un sistema de telemetría por radio, instalado a bordo, para trasmitir datos a las estaciones receptoras rusas en la Tierra.

      Pero los servicios de espionaje estadounidenses y británicos sabían

y deducían mucho más. Sabían que el Cosmos 954 giraba en torno de la Tierra a una altitud de entre 261 y 266 kilómetros, y que cruzaba el ecuador en un ángulo de 65 grados. Cambiando un poco en cada órbita, a semejanza del devanado de un ovillo de lana, pasaba sobre el océano Indico, en torno de Australia, a través del Pacífico, sobre América del Norte, por el Atlántico, hacia abajo, y cruzaba África: en una órbita completa cada 89,6 minutos. Calcularon que el Cosmos 954 tenía unos 14 metros de longitud, pesaba de 4500 a 5400 kilos y su forma era semejante a la de un cigarro puro grueso. Se creía que tenía tres partes: una fuente de energía nuclear, con su propio motor de reacción, una plataforma

estabilizadora de la altitud, para conservarlo equilibrado, y una unidad de radar, capaz de formar imágenes de microondas, similares a la fotografía en blanco y negro. Su misión era espiar a las fuerzas navales de Occidente.

 

      Vigilantes de la era espacial

 

      ¿ CóMo PODÍA Occidente deducir tanto con tan poca ayuda de Rusia? Unos cuantos minutos después de haber sido lanzado, el Cosmos 954 fue descubierto por “ojos” electrónicos en diversas partes del mundo. Muchos de ellos están  conectados con el cuartel general del Mando de la Defensa Aérea norteamericana

(NORAD), fortaleza de acero dentro de una cámara perforada en el núcleo de granito de una montaña cerca de Colorado Springs (Colorado). La función  primordial del NORAD es proteger al continente norteamericano de ataques aéreos.

Pero su centro de Defensa del Espacio, asociado a él, sigue la pista a todo lo que gira en el firmamento y predice con exactitud los tiempos de aterrizaje. En reconocimiento a su labor, Geoffrey Perry ha sido nombrado Caballero de la

Orden del Imperio Británico y ha ganado un premio de la Real Sociedad Astronómica.

 

      EL MISMO día del lanzamiento, en septiembre de 1977, todos los vigilantes profesionales del espacio que vivían en Occidente se dieron cuenta de la

presencia del Cosmos 954. Desde 1967 habían vigilado sin interrupción 15 lanzamientos anteriores del Cosmos en esta serie. (El nombre de “Cosmos”

se ha empleado desde 1962 para disfrazar toda clase de satélites, de paz o militares.) Los 15 habían seguido un rumbo semejante y una órbita relativamente

baja, por lo general durante uno o dos meses. Pero después, abruptamente, se elevaban a 900 o 950 kilómetros de la Tierra y permanecían a esa altitud.

      ¿ Por qué dos niveles de órbita? Pieza por pieza, los vigilantes del

espacio resolvieron el acertijo. Los Cosmos de esa serie eran espías del

océano y probablemente empleaban un potente radar “que miraba hacia un lado” y que podía reproducir imágenes claras de barcos en crucero y de instalaciones portuarias, de día o de noche, cualquiera que fuese el estado del tiempo.

Para realizar esa labor el radar tenía que hallarse en órbita baja, y ser capaz de barrer grandes extensiones de océano con suficiente fuerza para que rebotara una señal clara.

      Un radar así exige más potencia que la que puede obtenerse de células fotoeléctricas, especialmente cuando todas las órbitas pasan a través de la sombra de la Tierra. Como notó Goeffrey Perry, esa potencia “sólo podía proporcionarla una fuente radiactiva.

      Esto explicaba la repentina elevación del satélite a 900 kilómetros

o más. Cuando sus sensores y su equipo procesador se habían desgastado y el espía no era ya útil, una señal electrónica de Rusia soltaba la sección de combustible nuclear, lanzándola mucho más arriba de la atmósfera, para que

quedara en órbita de 500 a 1000 años, hasta que, teóricamente, su radiactividad disminuyera a un nivel inocuo. Los restos inofensivos permanecían en órbita baja, en donde la resistencia al avance y el roce de la atmósfera con el tiempo

los hacía bajar y los quemaba. Esos y otros fragmentos de chatarra espacial han llegado a la Tierra una que otra vez, sin atraer la atención pública.

      Últimamente los satélites Cosmos se han lanzado en pares, con intervalo de unos cuantos días para que ambos espíen mejor la navegación occidental. Al  comparar las señales de una pareja de satélites que cubren la misma pista, Rusia

podía no sólo localizar barcos sino seguir sus movimientos. El Cosmos 954 se ajustaba a esa norma en todos aspectos. Su compañero, el Cosmos 952, entró en órbita el 16 de septiembre y a principios de octubre fue impulsado más arriba. Indudablemente, ocurriría lo mismo con el 954, tal vez a mediados de noviembre.

      En Colorado Springs, aunque el SPADATS hace 20.000 observaciones diarias, es imposible observar todos los satélites en todo momento. Lo mismo que a cualquier satélite nuevo, se dio al Cosmos 954 un “ajuste de elemento” o descripción matemática de su órbita. Después, en frecuentes rastreos rápidos

del cielo, las computadoras recogerían la menor desviación de su curso.

      En la Escuela Kettering se asigna a un alumno cada nuevo satélite como tarea personal. El 13 de octubre los muchachos de mayor experiencia en la vigilancia de satélites fueron dispensados temporalmente de esos deberes para que se concentraran en sus estudios. Andrew Driver, de 14 años, se encargó del Cosmos 954, tarea que creyó le duraría casi un mes.

      Durante cierto tiempo el satélite se comportó como se esperaba, girando en silencio día y noche, 16 veces cada 24 horas, y trasmitiendo sin cesar datos en clave cada vez que pasaba sobre mares. Periódicamente (cuando la leve capa de la

atmósfera superior trataba de empujarlo hacia nuestro planeta) un breve arranque de su motor ponía nuevamente al satélite en posición.

      Abajo, el joven Andrew registraba con diligencia esas correcciones de rumbo -a intervalós regulares, que aparecían en un gráfico como una línea cerrada. Pero allá por el primero de noviembre cesaron los pequeños saltos. Ya el día 8 pareció evidente a Andrew que el Cosmos 954 funcionaba mal y que había iniciado una declinación larga y lenta. Driver y su condiscípulo John Kellet trazaron una línea en que predecían que el satélite se quemaría en la atmósfera a principios de abril, a menos que los rusos lograran recuperarlo.

 

      Casi al mismo tiempo, en Colorado Springs se llegó a igual conclusión. El Cosmos 954 perdía velocidad, primero un décimo de minuto por órbita, después dos décimos. El capitán David Tohien, de la Fuerza Aérea norteamericana, principal analista de órbitas, y su grupo de 28 especialistas empezaron a prestar atención especial.

“Sabíamos que era un satélite importante”, comentó después Toliten, lo cual era el reconocimiento tácito de que se le suponía dotado de motor nuclear.

      Los satélites impulsados por fuerza nuclear se están volviendo alarmantemente comunes. Por lo menos 11 de ellos se encuentran ahora en órbita alta, en donde se espera que permanezcan varios siglos. Con excepción de uno, hasta hoy todos los satélites nucleares de los Estados Unidos han empleado un

generador termoeléctrico de radioisótopos (RTG son sus siglas en inglés) que utiliza plutonio 238.

Aceptando que se pueda poner en órbita sobre nuestras cabezas la fuerza nuclear (punto muy discutible) esa técnica no es peligrosa. Colocado en órbita alta, el plutonio 238 se debilita en 500 años hasta menos del tres por ciento de su

radiactividad original. Si cayese a tierra prematuramente, su motor —cubierto de material de cerámica que absorbe el calor y dentro de un recipiente de acero— ha sido diseñado para que resista el impacto. Si desprendiera radiactividad,

estaría formada casi exclusivamente por partículas alfa, muy peligrosas

si se ingieren o se respiran, pero que no pueden atravesar siquiera una hoja de papel.

      En contraste, un reactor de uranio produce radiación alfa, beta (de penetración más profunda) y gamma que penetra profundísimamente. Uno de sus productos, el plutonio 239, tiene una vida media de 24.360 años (es decir, se necesita el trascurso de ese tiempo para que pierda la mitad de su radiactivi-

dad). Sin embargo, un reactor así genera más potencia que un RTG.

      El NORAD se preguntaba: Produciría un RTG suficiente potencia para el radar del Cosmos 954, o este satélite llevaría un reactor? Y si se estrellaba en tierra ¿se quemaría el reactor al bajar, o sobreviviría para rociar en la Tierra su mortal radiación? Los vigilantes del espacio norteamericanos y británicos esperaron hasta diciembre, registrando un cúmulo de señales urgentes de Rusia, pues los soviéticos trataban desesperadamente de hacer que el espía saliera de la atmósfera. El satélite no respondió.

      El primero de diciembre la Secretaría de la Defensa de los Estados Unidos empezó a analizar discretamente las posibilidades. ¿ Se estrellaría o no se estrellaría? ¿ Caería en agua o en tierra? Que esto último ocurriera era improbable, pues tres cuartas partes de la órbita del satélite se trazaban sobre

agua, y la probabilidad de que cayera en una zona poblada eran aun más remota.

 

      EL 12 de diciembre, el NORAD dio aviso al capitán Mike Barrow, jefe del Centro de Operaciones de la Defensa Nacional de Canadá, en Ottawa. El capitán, hombre tranquilo, de pelo entrecano, tiene el mando de una sala de guerra sin

ventanas, con una puerta semejante a la de una bóveda de banco, que se abre únicamente por una clave de botones y una tarjeta de identificación que se inserta en una rendija. Llena de consolas de computadoras y de conexiones

de telecomunicaciones, es el centro nervioso de las fuerzas armadas

canadienses en el país y en el extranjero. Barrow inmediatamente trasmitió la información acerca del satélite errante al almirante Robert Falls, jefe del Estado Mayor de la Defensa, que pidió:

 

      “Avíseme si hay novedades”.

 

      Una semana después, en Washington, Zbigniew Brzezinski, consejero en Asuntos de Seguridad Nacional, nombró una fuerza operante formada por personal de varias agencias del gobierno, para que explorara todas las ramificaciones de una situación de apuro nuclear. Como jefe de ese grupo nombró al ingeniero nuclear Ben Huberman, de 39 años de edad, quien rápidamente reunió un equipo de especialistas en problemas del espacio, de energía nuclear y de socorro en situaciones de desastre, procedentes de la NASA, la CIA, la Defensa Civil y las Secretarías de Estado, de la Defensa y de Energía.

      “Estamos casi absolutamente seguros de que el satélite es nuclear”, les informó Huberman. “Todavía no sabemos si volverá a entrar en la atmósfera, pero debemos estar preparados para lo peor”. Lo peor significaba esto: que el reactor ruso no hubiera sido diseñado para que se quemara al volver a entrar en la atmósfera; que no estuviera protegido dentro de una coraza a prueba de impactos y resistente al calor; que cayera en zona poblada; que emitiera penetrante radiación gamma. Como resumió Huberman posteriormente, podía ser “una situación peligrosísima y aterradora”.

      Parecía remota la probabilidad de que fuesen afirmativas las respuestas a tantas incógnitas. Pero la fuerza operante empezó a preparar planes de  investigación, descontaminación y limpieza. Al presidente Carter, que es ingeniero nuclear, lo informaban diariamente en sus conferencias matutinas con Brzezinski.

 

      EL 28 de diciembre el primer ministro Trudeau, que estaba de vacaciones esquiando, visitó a Colorado Springs. El caso del Cosmos 954, que probablemente estallaría en alguna parte, en fecha indeterminada, durante la primavera, al parecer no ocupó un lugar prominente en los informes que recibió Trudeau en esa ocasión. Pero 10 días después todo cambió. El 6 de enero el Cosmos 954 se desvió de repente. De su declinación lenta, pero constante, pasó a perder altitud rápidamente. Sin duda habían dejado de funcionar los controles de su esta bilizador, y eso provocó que diese tumbos en su órbita, con lo que había aumentado radicalmente la resistencia de la atmósfera y se había reducido el tiempo que podía permanecer en el espacio. De Colorado Springs, Farnborough y la

Escuela Kettering llegaban predicciones casi idénticas: el espía caería entre el 23 o el 24 de enero.

      En las oficinas de Washington de la Secretaría de Energía de los Estados Unidos, el coronel Roy Lounsbury, director auxiliar de Seguridad, Ambiente y Medidas de Urgencia, que es un hombre alto y delgado, sabía desde diciembre que  el satélite se hallaba en dificultades y desde entonces había trazado discretamente sus planes preliminares. Ahora, como recordaría después, realmente nos pusimos  a trabajar”. Limpiar la radiactividad no representa problema nuevo para su departamento. Su equipo de Búsqueda de Emergencia Nuclear (NEST, siglas en inglés) está constantemente listo para afrontar cualquier clase de accidente nuclear. Si un camión o tren que lleve materiales radiactivos tiene algún accidente, o simplemente deja caer un recipiente, como ya ha ocurrido, los especialistas de la NEST acuden inmediatamente al lugar y descontaminan cualquier derrame. Pero como confesó Louis bury, “nunca habíamos ido en persecución de satélites”.

      En el caso de que tuviesen que hacer tal cosa, él y su equipo trazaron un plan que podría aplicar se en cualquier zona de los Estados Unidos y adaptarse a cualquier otro sitio, si algún país necesitaba ayuda. En el momento mismo en que

se conociese el impacto del Cosmos 954, recibirían aviso el gobernador del Estado, el organismo de la defensa civil, la FBI, los alguaciles locales, los jefes de la policía y las estaciones de radio. Su tarea consistiría en alertar a los ciudadanos, calmar los temores innecesarios e impedir que la gente se acercara al peligro, mientras los equipos de la NEST volaban al lugar y hacían la limpieza.

      ¿Pero cuál era realmente el peligro potencial? La fuerza operante de Huberman necesitaba conocer exactamente qué clase de combustible llevaba el satélite. De Rusia no se había recibido una sola indicación. ¿ Deberían preguntar a los soviéticos ?   ¿ Cuánto podrían los Estados Unidos reconocer que sabían, sin revelar sus propios secretos de espionaje? Y si los rusos contestaban que “no tenían comentarios que hacer”, ¿ qué ocurriría?

      Sin embargo era preciso preguntarles.

 

Mensaje de Moscú

 

      EL 12 de enero invitó Brzezinski al embajador soviético Anatoly Fedorovich Dobrynin a que conversara con él en su amplia oficina en la Casa Blanca. Hombre alto y jovial,  que habla un inglés perfecto,

 

 

Dobrynin ha sido calificado como “el ruso favorito de Washington”. En una ocasión llevó vodka y caviar a una junta con Brzezinski en la Casa Blanca.

      La junta de ese día fue menos festiva. Uno de los satélites de Rusia parecía hallarse en dificultades, informó Brzezinski. ¿ Era verdad tal cosa? Si caía en tierra, ¿ pondría en peligro la vida humana? Concretamente, ¿llevaba el satélite un reactor nuclear? Dobrynin pareció de veras muy sorprendido. Al

igual que otros muchos en todo el mundo, evidentemente no se había enterado del mal funcionamiento del Cosmos. Prometió que obtendría las respuestas.

      Dos días después se recibió un breve mensaje: efectivamente, el satélite empleaba combustible nuclear y se había perdido el control de él. En las reuniones y llamadas telefónicas de los siete días siguientes, Brzezinski aclaró a duras penas unos cuantos hechos más: el 954 estaba impulsado por uranio

enriquecido, U235, pero no estallaría al caer. Se le había diseñado para que ardiera al entrar en la atmósfera. Esto, por supuesto, no garantizaba que se quemaría, y el 17 de enero una media docena de importantes dirigentes del Congreso fueron informados de la situación. Se acordó que la Secretaría

de Energía se encargaría como organismo principal de la limpieza de la radiación.

      Casi a diario, desde el 6 de enero, la fuerza operante había debatido

acaloradamente si debía informarse al público o, al menos, a los jefes de Estado de veintenas de países que se hallaban bajo la ruta del 954. ¿Pero qué se les podría decir?¿Que un satélite nuclear posiblemente volviese a entrar en la atmósfera terrestre y, si no se quemaba antes, tenía un 25 por ciento de probabilidades de caer en tierra?

“Vamos a pedir al mundo que se paralice durante tres o cuatro días?”

preguntó alguien. Cada vez que discutía el caso, la fuerza operante decidía por unanimidad que no era conveniente hacer un anuncio público, para evitar un pánico innecesario.

      Pero el 18 de enero los Estados Unidos informaron a sus aliados de la OTAN y a otros países amigos, que podían ser afectados, como Australia, Nueva Zelanda y Japón. Ese mismo día, en Ottawa —donde casi nada ocurría, pues casi nada se

sabía— el capitán Mike Barrow se enteró por el NORAD de que el 954  definitivamente llevaba combustible nuclear y caería en la Tierra al cabo de unos seis días. Informó de ello al almirante Falls. También recibió aviso Barney Danson, ministro de la Defensa de Canadá. El primer ministro Trudeau fue puesto al corriente de la situación cuando regresó de una asamblea del Partido Liberal, efectuada en Toronto.

      El viernes 20 de enero siete agencias del gobierno de Canadá —entre ellas la Junta de Control de Energía Atómica (AECB, por sus  iniciales en inglés) y los representantes del poco conocido Grupo de Apoyo de Accidentes Nucleares

(NAST) se reunieron en Ottawa para trazar planes de emergencia. Con bases en ocho instalaciones militares canadienses, las unidades del NAST incluyen bomberos, médicos, oficiales de seguridad y un grupo de vigilancia de la radiación.

Todos los equipos del NAST quedaron en estado de alerta durante ese fin de semana. Planeación de Emergencia de Canadá, la agencia federal en toda la nación, establecida con el fin de hacer frente a los desastres en tiempo de paz o a la guerra nuclear, se encargaría de poner sobre aviso al gobierno en

todos sus niveles y de que se advirtiese al público. Si el satélite espía

se estrellaba en Canadá, correspondería al NAST y a la AECB soportar la carga principal de la limpieza.

 

Comienza la vuelta mortal 

 

      LA TARDE del domingo 22 de enero los Estados Unidos estaban ya en posición y listos. Cinco aviones de trasporte Starlifter C141, con equipo del NEST y provistos de combustible para emprender el vuelo en cualquier momento, esperaban en pistas de las bases de la Fuerza Aérea en Washington, Las Vegas y California. Los tripulantes y más de 100 especialistas de la Secretaría de Energía se hallaban en estado de alerta de dos horas: científicos nucleares, médicos de sanidad pública, analistas de datos, equipos de comunicaciones, empleados, fotógrafos científicos y otra gente que sabía cómo aislar despojos nucleares. Pero el Cosmos 954 seguía girando en el espacio.

      En Colorado Springs, el capitán Dave Tohlen trabajó desde las 3

de la madrugada hasta el mediodía del lunes, fue a casa a dormir un poco y cuatro horas después lo llamaron. “Empezaba a nevar, nuestro hijo estaba a punto de nacer y mi mujer había pasado ya por una falsa alarma”, recuerda Tohlen.

“No estaba muy contenta con mi prolongada ausencia de casa”.

      La sala de operaciones militares del Centro de Defensa del Espacio,

cuadrado de nueve metros de lado y sin ventanas, donde normalmente trabajan unos seis hombres, era entonces un mare mágnum de teléfonos que sonaban y de consolas

de computadoras que hacían señales luminosas, atestada de especialistas civiles y de militares de todos los grados.  

      El ambiente era tenso. Con el Cosmos 954 a sólo 145 kilómetros de altitud, estaban a punto de terminar dos meses de arduo rastreo. De vez en vez las consolas mostraban la ruta del satélite, o “rastreo terrestre”, traducido de datos de la computadora a una línea blanca sobrepuesta a un mapa del mundo.

¿Cuándo se estrellaría? ¿ En dónde? Al llegar la noche, el Centro podría predecir únicamente que no caería en la Unión Soviética. Las predicciones de la computadora se leían y se releían. El punto de impacto predicho cambiaba de la

punta de África al Atlántico, después, a través de Canadá, y más tarde al Pacífico. En otro centro de control, el de Germantown (Maryland), en las afueras

de Washington, Roy Lounsbury estuvo despierto toda la noche, vigilando el flujo de datos procedentes del cuartel general subterráneo del NORAD, para saber si debía enviar los equipos del NEST y a dónde. Mientras se acortaban las horas de vida del 954 y las posibles zonas de impacto cambiaban y se reducían, Lounsbury señalaba los lugares “seguros”: “Eliminen Nuevo México”: o “Muy bien; no caerá en Montana”.

      Trascurrieron las horas y llegó el 24 de enero. A las 3:29 de la madrugada, el Cosmos 954 inició su vuelta mortal en torno de la Tierra. Atravesó la bahía de Hudson y el extremo sur de Groenlandia, pasó rápidamente sobre el centro de África y prosiguió entre Australia y Nueva Zelanda. A eso de las 4:40 una estación terrestre de Hawai lo descubrió en llamas, a una velocidad de 450 kilómetros por minuto.

      Aun entonces, el 954 podía tal vez clavarse en el Pacífico o saltarse la atmósfera terrestre y seguir mucho más allá de ella. Pero planeó hacia abajo, en dirección continua, y a las 4:53 ya ardía en la atmósfera, sobre las islas de la

Reina Carlota. Al desintegrarse, sembrando radiactividad en la atmósfera superior y regando tras él multitud de fragmentos, el satélite destrozado cayó al este del lago del Gran Esclavo, unos cuantos segundos después de las 4:56 de la madrugada.

 

Llamada de la Casa Blanca

 

      EN WASHINGTON, las incesantes llamadas telefónicas a su casa lograron por fin sacar de la cama a Huberman a las 4 de la madrugada. Esas llamadas lo siguieron a su oficina, en el Antiguo Edificio de Oficinas Ejecutivas, que está al lado de la Casa Blanca. Unos cuantos minutos antes de las 7, hora del Este, llegó el mensaje decisivo de Colorado. Huberman llamó inmediatamente por teléfono a Brzezinski, quien también estaba ya trabajando.

      “Colorado Springs lo rastreó hace un momento, en el noroeste de Canadá”, anunció Ben Huberman. “Debemos pedir al Presidente que se comunique con el primer ministro Trudeau?”

      Brzezinski fue rápidamente a la siguiente puerta, la de la Oficina Oval, en la que se encontraba el Presidente. Carter convino en que debía ofrecerse ayuda inmediata a Canadá.

      En Ottawa, en ese momento, todo estaba relativamente tranquilo. El capitán Barrow iba en automóvil al Centro de Operaciones de la Defensa, en donde un complemento normal de hombres había estado en contacto con Colorado Springs toda la noche (pero sin recibir aún aviso de la caída del satélite). Danson, ministro de la Defensa, se hallaba en su casa, a punto de desayunarse. Ivan Head,

consejero del Primer Ministro en asuntos de política exterior, se disponía a afeitarse. El Primer Ministro dormía.

      Cuando Brzezinski dirigió la llamada telefónica de Carter a la oficina de Trudeau, poco después de las 7 de la mañana, el conmutador la pasó al ayudante ejecutivo Robert Murdoch. Trudeau se hallaba aún en su casa, explicó Murdoch:

      —Quieren ustedes que los comunique con él inmediatamente?

      —Sí, por favor —respondió Brzezinski en tono de urgencia—. El Presidente tiene un mensaje importante relativo al satélite soviético.

      Hasta entonces, el interés de Trudeau por el Cosmos 954 había sido muy leve, como él mismo lo reconoció. Explicó en una conferencia de prensa efectuada posteriormente, esa misma semana: “Sé que hay cosas allá arriba. Sé que van

a caer algún día, pero no quiero enterarme de ello hasta que parezca que van a caer en mi país”.

      Pero entonces lo despertaron para enterarlo de que ya habían caído. Le dijo Carter que el radar de los Estados Unidos había rastreado la caída. Esperaban en las pistas aviones y peritos norteamericanos, a disposición de Canadá. Trudeau dio las gracias al Presidente. Investigaría si Canadá necesitaba ayuda y telefonearía unos cuantos minutos después. Entre tanto, Brzezinski

dio por teléfono a Ivan Head las coordenadas preliminares en el mapa de la zona de impacto.

      “Tenía el teléfono en una mano y la navaja de afeitar en la otra, con crema en toda la cara”, confesó Head después. “Para no decirle a Zbig que no estaba listo en mi oficina, como evidentemente lo estaba todo el mundo en la Casa Blanca, memoricé allí mismo las coordinadas. Después pasé algunos minutos

amargos, cuando me pregunté si las había retenido bien en la memoria”.

      Casi simultáneamente llegó a la Defensa Nacional el informe del NORAD. Al cabo de 45 minutos todos los participantes principales en Ottawa habían sido alertados y Canadá había aceptado la oferta de los Estados Unidos. A las 9:30 de la mañana Head informó por teléfono a la prensa canadiense. En Colorado Springs, los “tres Daves” (Schneekloth, Tohlen y el capitán David Doughty, jefe de los analistas orbitales del espacio profundo) trabajaron sin tregua hasta la una de la tarde para localizar con precisión el lugar del impacto.

      Sus cómputos resultaron ser una obra maestra de exactitud: 62,7 grados de latitud norte y 111 grados de longitud oeste, más 800 kilómetros. Esto  significaba que la zona de impacto comenzaba aproximadamente a 150 kilómetros al este de Yellowknife y a 40 al norte de la aldea de Snowdrift, en el extremo 

oriental del lago del Gran Esclavo. En aquel momento, todas las miradas de América del Norte se de pieles llamada Snowdrift, de unos 250 habitantes, el fuerte Reliance, que es una estación meteorológica, y el lago Baker, comunidad en que predominan los esquimales, con una población aproximada de 1000. Los 10.000 habitantes de Yellowknife se hallaban fuera de la zona de impacto

prevista. Por tanto, era leve la amenaza a los seres humanos, y había muchas probabilidades de encontrar el Cosmos, pues la región está patrullada por una de las mejores unidades de búsqueda y salvamento que hay en el mundo.

      El coronel David Garland, de 43 años, hombre alto y espigado, que es el comandante de la Base de las Fuerzas Canadienses en Edmonton, trabajaba cuando recibió sus órdenes, a las 8 de la mañana hora de la Montaña. Encabezaría esa

búsqueda, que habría de ser conocida como Operación Luz matutina. La misión lo entusiasmó. Piloto sereno, que piensa aprisa, con 23 años de servicio, se había preparado para esa situación especial de apuro desde el fin de semana.

Sus aviadores, como siempre, estaban listos para salir a buscar en cualquier parte desde las montañas Rocosas hasta los Grandes Lagos y desde la frontera con Estados Unidos hasta el Polo Norte.

 

 

Al cabo de una hora funcionaba ya un puesto de mando de urgencia y una unidad del NAST se preparaba a ir a Yellowknife, 1020 kilómetros al norte. Los soldados

y la Real Policía Montada de Canadá empezaron a entrevistar a media docena de habitantes dispersos del norte del país que habían visto al Cosmos en llamas. Fueron preparados cuatro aviones de trasporte Hércules C130. El Hércules, de cuatro motores de turbohélice, se asemeja a una pata preñada, pero en realidad es uno de los aparatos de usos más diversos. Puede despegar y aterrizar en pistas cortas y ásperas, y volar 5500 kilómetros con una carga de 225 toneladas. Su extremo posterior se abre completamente para cargar o descargar cualquier cosa, desde tanques y camiones hasta 64 paracaidistas. Sería ese avión el caballo de batalla de la búsqueda.

      A las 5:30 dos aviones norteamericanos Starlifter, descargaron equipo y 110 especialistas en la Base de Edmonton. Mientras se instalaban aparatos de detección de Estados Unidos en los Hércules, algunos grupos del NAST recorrían

Yellowknife con máquinas que toman muestras de aire y con detectores de rayos alfa beta gamma.

Esos especialistas llevaban sobretodos de un color amarillo chillón, aislados con tela adhesiva en los puños y los tobillos, e iban provistos de máscaras de gas. Lo que informaron fue alentador: Yellowknife estaba “limpio de radiación”.

      Comenzó entonces la larga y frustrante búsqueda del asesino en potencia, un período de noches de insomnio, de proezas, de pericia y de caprichos del destino. A la 1:15 de la madrugada del 25 de enero se elevó el primer Hércules llevando tripulación canadiense y científicos norteamericanos. Al poco tiempo lo siguieron otros tres aparatos semejantes, que durante los siguientes días volaron de día y de noche.

      Cuadricularon la extensión de 800 por 50 kilómetros en 10 partes y la sobrevolaron metódicamente, primero desde 460 metros, después desde 230, siguiendo líneas rectas imaginarias a 290 k.p.h. sobre la fatigante soledad de abajo. Dentro de los Hércules los hombres de ciencia se inclinaban sobre aparatos sensores, en espera del salto de una aguja y el fulgor de un gráfico que pudiese indicar un “blanco”. En Edmonton se analizaban gráficos y cintas; cada hora de vuelo requería cuatro horas de estudio de computadoras.

      Ese trabajo era como buscar una aguja en un montón de nieve. La radiación de los fragmentos se eleva en un haz angosto, difícil de descubrir a una altura mayor de 300 metros. El blanco podía quedar atrás en pocos segundos. La radiación natural de depósitos minerales a veces hacía ascender falsas alarmas. Uno de esos blancos falsos (como posteriormente resultó ser) se obtuvo a las 9 de la noche del primer día. Ello bastó para llevar un equipo de cinco hombres

de la AECB desde Ottawa y para que se enviara otro equipo del NAST al lago Baker.

      Los esquimales del lago Baker se debatían entre la alarma y la curiosidad al ver aquellos seres extraños en trajes amarillos. En reuniones de adultos y de niños la misión del NAST trataba de explicar el accidente nuclear a gente que

todavía cazaba lo que comía y viajaba en trineos tirados por perros. La misión les aseguraba que el aeropuerto no se cerraría y  que el lago Baker no sería evacuado. Pero indudablemente algo peligroso había ocurrido: un objeto venenoso había caído del cielo (en el idioma de los esquimales no existe una palabra que signifique “radiactividad”).

       —Si encuentran fragmentos  extraños, apártense de ellos. No les harán ningún daño, a menos que los recojan.

      —Pero qué les ocurrirá a los caribúes? ¿ Qué les pasará si lamen esos pedazos?

      —Entonces —reconocieron con tristeza los grupos del NAST—, quizá se enfermen y mueran.

      Los habitantes del lago Baker intercambiaron miradas de preocupación ¿ Qué locura era todo eso?

 

Camisetas y raquetas para la nieve

 

      OTRA CLASE de locura se extendía por el norte. Muchos periodistas, hombres y mujeres, llegaron a Edmonton, de todo el continente y de más allá, compitiendo ferozmente por acomodarse. Un contingente de japoneses, cuyo interés procedía de Hiroshima, llegó tiritando con abrigos ligeros. La cadena de televisión American Broadcasting Company fletó un reactor Lear para filmar durante ocho días. Un

periodista estadounidense telefoneó a un hotel de Yellowknife para reservar habitaciones y raquetas para andar sobre la nieve, y añadió:

“He aquí los números de nuestro calzado.. .“  

      Yellowknife observaba el alboroto con hilaridad mal disimulada. Un

individuo emprendedor ganó rápidamente dinero vendiendo camisetas (a 5,75 dólares cada una y a mayor precio) y estampando en ellas un cuervo, visitante común de las calles y de los botes de basura, que graznaba “De qué nos preocupamos?” Era fiel reflejo del estado de ánimo de la población del lugar. Los periodistas forasteros buscaron en vano algún indicio de pánico. Pero como hizo notar un diario de Yellowknife: “El solo hecho de vivir aquí requiere deter

minadas cualidades personales: autosuficiencia con cierta actitud fatalista y mucha resistencia intestinal. A estas alturas, los del sur deberían saber ya que nosotros somos diferentes”.

 

      AL PRINCIPIO, los modales apacibles de Bob Grasty y Quentin Bristow no llamaron la atención en medio del alboroto general. Pero esa modesta pareja del Reconocimiento Geológico de Canadá iba a convertirse en la predilecta temporal de los volubles periodistas. Durante las horas que precedieron al amanecer del 26 de enero esos dos hombres trabajaron en las entrañas de un Hércules, instalando una caja oblonga de color azul que valía 225.000 dólares. Era un espectrómetro de rayos gamma, diseñado por Bristow en Ottawa cuatro meses antes para reconocimientos geológicos, más sensibles que cualquier instrumento norteamericano llevado al lugar. Podía distinguir entre fuentes de radiación natural y las creadas por el hombre, y su computadora incorporada analizaba

datos en el lugar mismo en que se encontraran. Pero había sido probada  únicamente dos veces y nunca la habían empleado en una misión real. ¿Funcionaría bien?

      Esa mañana Bristow voló sobre los yermos con la caja. Nada descubrió. Grasty se encargó del siguiente turno. Durante toda una noche fría y límpida el Hércules voló en zigzag por una cuadrícula de la zona de búsqueda. Cerca del alba del 27 de enero, fatigado después de dos noches sin dormir, Grasty se inclinó sobre el papel cuadriculado para gráficas. “Creo que di en el blanco!”

      Era sólo un garabato, cerca del río floarfrost, que alimenta el extremo oriental del lago del Gran Esclavo. Pero en un vuelo posterior, con equipo norteamericano, se con firmó el hallazgo. Era un blanco definitivo, logrado sólo tres días después del impacto. ¡Los modestos geofísicos habían trabado combate

con el Cosmos 954!

 

No tocar

 

      ALGUNOS funcionarios habían restado importancia al peligro de la radiación, en parte porque no lo comprendían y en parte también para equilibrar las noticias alarmantes que aparecían en la prensa. Pero la amenaza era verdadera y nadie lo sabía mejor que el eminente científico Geoffrey Knight,

elegante y canoso físico de sanidad de la Junta de Control de Energía

Atómica, y su colega, el Dr. Roger Eaton.

      La radiactividad, por leve que sea, debe ser tratada con mucho respeto. No puede verse ni oírse ni olerse ni probarse, pero cuando penetra en un ser humano desorganiza la estructura atómica de las células. En la vida normal, todos

recibimos y toleramos pequeñas cantidades de radiación natural o producida por el hombre. Las dosis excesivas suelen matar.

      Knight y sus colegas sabían que entre los despojos del 954 podía haber partículas de polvo, pedazos más grandes y hasta un trozo del reactor nuclear. Este sería mortal para quien se acercara a él. Los fragmentos pequeños, si no eran del núcleo o si no estaban irradiados fuertemente por él, no significarían gran peligro, a menos que  algún inocente los llevase consigo; entonces podrían causar úlceras dolorosas o algo peor aun.

      Las partículas de polvo podrían quedar suspendidas en el aire y ser

inhaladas, dispersas en la nieve y ser ingeridas (los habitantes de esas soledades acostumbran beber nieve derretida) o pegarse a las manos y ser llevadas accidentalmente a la boca. ¿ Sería eso grave? Dependería, dijo Knight, de que el material nuclear fuese o no soluble. Los rusos no lo habían revelado.

      El polvo radiactivo insoluble que entrase en el cuerpo probablemente

pasaría por el conducto alimentario, dejando radiación, quizá no en cantidades mortales pero haciendo que aumentaran las probabilidades de contraer cáncer. Las partículas en polvo, absorbidas en un pulmón, podrían apresurar el cáncer. El polvo soluble podría ser absorbido en los fluidos del organismo y tal vez

se concentrara en los órganos vitales. o en las células óseas. Al cabo

de algunos meses o años resultaría fatal.

      Igualmente, la radiactividad podría introducirse en el suelo y en el agua del norte, y a la postre llegar a los animales terrestres y a los peces, y posiblemente tambien a los seres humanos. Por último, existía una ligera posibilidad, no por eso menos real, de que el Cosmos 954 se condujese en el suelo en forma distinta de como lo había hecho en el espacio.

      En un motor nuclear se emplea una sustancia como agua pesada para crear una reacción nuclear controlada. ¿ Qué ocurriría si un gran trozo del núcleo del Cosmos 954 hubiese caído intacto?, se preguntaban los hombres de ciencia. El

tremendo calor generado cuando el núcleo radiactivo chocó contra el suelo ¿ iniciaría una reacción incontrolada? No era esa una idea fantástica de los científicos; en el pasado había ocurrido por lo menos una reacción de fisión natural.

      Todas estas posibilidades, por remotas que fuesen, daban un carácter urgente a la búsqueda. Garland tenía en vuelo 16 aviones y helicópteros. Los costos del combustible y del mantenimiento -ascendían por si solos a 1750 dólares por hora.

Los instrumentos en los aviones norteamericanos que volaban a gran altura buscaban en la atmósfera superior la nube radiactiva que todavía no se había asentado en un nivel que pudiese ser descubierto, pero los científicos supusieron que -posteriormente se asentaría.

      -El blanco de Bob Grasty fue señalado en mapas, en espera de que los

equipos de limpieza de la AECB pudiesen ser trasportados por aire al lugar. Entre tanto, los equipos del NAST empezaron a efectuar pruebas en los habitantes de Snowdrift y del fuerte Reliance. La milicia se esforzó en hacer llegar una

advertencia a tos moradores aislados del norte. Cuando el teniente coronel Alex Bialosh descubrió que Eddie Drybones, - cazador indígena de pieles, recorría su línea de trampas, dejó en la tienda de Drybones un mensaje que, en resumen, decía: “Si encuentra en la nieve algo extraño, no lo toque: avise a las

autoridades”.

 

 

 

 

“¡Lo encontraron!”

 

Lejos de la enloquecedora multitud (así lo creyeron) los seis jóvenes aventureros no se explicaban el persistente zumbido de los aviones que volaban sobre ellos. Era raro un tráfico pesado sobre los desolados yermos.

Cinco norteamericanos y Robert Common, de Sainte Anne de Bellevue (Quebec) todos ellos jóvenes, fuertes y con gran confianza en sí mismos, se hallaban a la mitad de una odisea de 15 meses, en la que pondrían a  prueba su fortaleza contra la soledad. En parte recorrían de nuevo la ruta seguida en el malhadado viaje del explorador John Hornby y dos compañeros que murieron de hambre en 1927 y, además, hacían por cuenta del gobierno cierto reconocimiento de la fauna silvestre y de las condiciones meteorológicas. Invernaban entonces en una cabaña, en un lugar llamado Wardeñ’s Grove, entre una lengüeta de arbolillos que entraba en el yermo.

      El sábado 28 de enero, Gary Anderson, Kurt Mitchell; Chris Norment y Common se hallaban en el campamento. Mike Mobley y John Mordhorst estaban en el tercer día  de un viaje breve de exploración con un trineo y seis perros. A eso

de las 3 de la tarde dieron la vuelta a un recodo del río Thelon y se

 detuvieron de repente. Un misterioso objeto ponía una mancha oscura en el panorama blanco y vacío.

¿Hoyos de animales? No más de cerca, era una maraña de postes de metal, torcidos y en negrecidos, que salían de la nieve. Un polvo gris manchaba el hielo

circundante. ¿Se trataba acaso de despojos de un avión que había caído?

Mike Mobley, sicologo y maestro, puso a trabajar su cerebro analítico. “El cráter parece ser nuevo. Hay huellas de cavidades en todas partes. Evidentemente, lo que cayó  fue algo muy caliente”.

 

Tal vez podríais volver a usar como fortaleza todo eso. Quien subsiste en el norte, aprende a aprovechar todo lo que encuentra en la región. Mobley tocó una punta con la mano en guantada. Estaba firmemente congelada en el hielo.

      Un fuerte viento hacía que se sintiera con mayor intensidad el frío de 38° C. bajo cero, que penetraba por su ropa. No tenía objeto seguir  allí, a la intemperie. Era preferible cancelar su viaje complementario volver al campamento

y tratar de resolver el misterio por radio de onda corta. Tres horas después, Chris Norment salió a ayudar a desenganchar a los perros.

      —Por qué regresaron tan pronto? preguntó Chris.

_Porque vimos algunas cosas extrañas por allá.

       Qué vieron? preguntó Norment, muy agitado de repente.

      —Bueno, algunos pedazos de metal muy raros, que podrían ser de un avión. Parecían muy nuevos...

 

      Lo encontraron, lo encontraron! —gritó Norment— Nos informaron por radio... Se estrelló un satélite ruso... ¡Ustedes lo encontraron!

      —jVaya, hombre! —se mofó Mordhorst, sin poder creerlo. Pero el mensaje que enviaron a Yellowknife, y que fue retrasmitido por el fuerte Reliance, confirmó el hallazgo.

      —No se acerquen a esa cosa a menos de 300 metros —les advirtió una voz por radio.

      —No se va a poder —contestó Mike Mobley, alegremente—. ¡ Ya lo toqué!

      —Quédense allí —fue la respuesta—. Alguien llegará mañana.

      Esa noche, en el campamento, hubo una extraña y jocosa tirantez, aunque no motivada precisamente por el temor a la radiación. “Por primera vez en varios meses”, dijo después Mordhorst, meditativamente, “sentimos que no dominábamos

la situación”.

      En realidad así era. El mundo exterior los arrebató en un remolino. A las 2 de la tarde del día siguiente llegó un avión Otter bimotor, procedente de Yellowknife, seguido al poco tiempo por un helicóptero Chinook que había partido del lago Baker. Los seis jóvenes salieron jovialmente a recibir a sus Visitantes, pero estos no parecían tener prisa en establecer contacto amistoso. Sólo un médico y un técnico en radiación se adelantaron.

      “e Cómo se sienten?” preguntó el Dr. Savino Cavender, médico norteamericano especialista en radiación, disimulando su preocupación. Muy bien, contestaron los jóvenes. Cavender y el técnico procedieron entonces a tomar lecturas de radiación. Los seis exploradores fueron declarados incontaminados.

Mobley y Mordhorst guiaron a algunos soldados y a un médico de sanidad hasta el cráter.

      Los demás fueron llevados en avión a Yellowknife, donde se encontraron en medio de una escena carnavalesca, de deslumbrantes luces de televisión y legiones de reporteros que se movían a empellones, detrás de una valla de soldados.

Los trasportaron rápidamente hasta un hospital, con una escolta de policía. A la mañana siguiente, los únicos efectos molestos que sentían fueron diagnosticados como dolor de estómago por haber comido demasiados melocotones la noche

anterior.

      Mobley y Mordhorst volaron a Edmonton para someterse a un minucioso reconocimiento médico. A las 3 de la madrugada, exhaustos y rodeados de médicos y enfermeras con batas y máscaras, empezaron a sentirse decaídos. ¿ Recuperarían la paz de Warden’s Grove?¿ Alimentaría alguien a sus perros?

(Los militares lo hicieron.)

      Por la mañana hablaron a la prensa. “Hay mucha ansiedad entre la gente común”, dijo Mobley. “Somos los únicos dos que podemos decir por experiencia propia que eso no es tan peligroso”.

      No lo era. Las lecturas en el cráter indicaron únicamente 15 roentgens por hora, radiactividad gamma no peligrosa si el contacto es pasajero. Sin embargo, el núcleo “caliente” podría estar todavía allí. Mobley y Mordhorst convinieron

en servir de guías para proseguir la búsqueda en torno de Warden’s Grove.

 

 

 

 

      El salto más arriesgado

 

UNA PEQUENA pista de aterrizaje en Warden’s Grove daba servicio a la Reserva Thelon de Animales de Caza. Los jefes militares decidieron protegerla de los periodistas emprendedores o de los entrometidos buscadores de curiosidades. A

las 9 de la noche del domingo 29 de enero cuatro veteranos escogidos del Cuerpo Canadiense de Paracaidistas estaban ya listos para dar el salto más arriesgado de su vida. Cuatro horas antes, los sargentos John Phillips, Doug Riddell

y Chris Cabelguen, y el soldado John Wickstrom habían recibido órdenes de ir a Warden’s Grove a la mayor brevedad posible. Cargados de paracaídas, ropa ártica,

rifles, tiendas de campaña, un tobogán y dosímetros (pequeños detectores personales de radiación) aceptaron, bajo juramento ser guardias especiales. A medianoche Hércules iba ya en dirección a Yellowknife y después sobrevolaría

el yermo.

      Aunque el recio y arrogante John Phillips, suboficial que llevaba el

mando, tenía en su haber 169 saltos en paracaídas, no deseaba con ansiedad el número 170. Saltar de noche suele ser peligroso en cualquier época. Con una temperatura de 38° C. bajo cero, viento fuerte, en la soledad y sin médicos u hospitales que pudiesen atender a un hombre lesionado, un salto en esas

condiciones resulta decididamente desagradable. Pero órdenes eran órdenes. Lo importante consistía en llegar abajo ileso. A las 6 de la mañana cruzaron

la zona del salto, de sur a norte y de este a oeste, a una altitud de 1350 metros, y arrojaron seis luces de bengala, que produjeron una iluminación de 300 millones de bujías. Descendieron un poco para mirar bien antes de que las luces se extinguieran y dejaron caer iuces de pilas eléctricas, para señalar los lí

miles cercano y lejano.

      Soplaba un norte de 64 k.p.h., cerca de tres veces más fuerte que el viento propicio para un salto normal. Dejaron caer en paracaídas su tobogán y vieron cómo el viento lo arrastraba fuera del blanco, en medio de la oscuridad que precede a la aurora.

      Dentro del Hércules se encendió una luz verde.

      “¡ Adelante!” gritó el director del salto y Phillips salió del extremo

posterior del avión cuando volaba a 300 metros de altura.

      “ Adelante... adelante adelante!”

      Detrás de Phillips saltaron los demás. Mientras descendía colgado

de su paracaídas Phillips vio abajo amenazantes sombras negras.

“1Dios me valga, peñas!” gimió y se volvió hacia el viento, en la forma prescrita, para evitarlas. Cayó hábilmente en una superficie de algo más de un metro de nieve, tan duramente congelada que podría haber sido cemento. Parpadea

ron en la oscuridad tres señales luminosas: los demás estaban a salvo.

      Añadido el factor del viento helado, la temperatura equivaldría a 89° C. bajo cero. Los paracaidistas se apresuraron a entrar en una cabaña abandonada. Riddell informó por radio: “Todos sin novedad”.

Los otros sacaron su tobogán de un árbol raquítico en que se había enredado. Vigilaron la zona durante siete días inútilmente. Nadie trató de infiltrarse en Garden’s Grove.

 

      Constantemente se lograban nuevos blancos. El estado del tiempo era paralizante, pero el trabajo de limpieza nunca se suspendía.

      El martes 31 de enero fue un día típico. Un grupo integrado por varios norteamericanos especialistas en radiación, hombres de la AECB y del NAST, volaron al este del fuerte Reliance en un Otter bimotor y en dos helicópteros. Trabajando aprisa bajo la corta luz diurna, recogieron primero un fragmento ligero de tubería, como de medio metro de longitud, no radiactivo, que después fue analizado como aleación de plomo, hierro, cobre, magnesio y manganeso.

      Prosiguiendo en su labor, el grupo de búsqueda retiró nieve, con palas de mango largo, en torno de otro blanco. Allí se encontró una radiación relativamente inofensiva de 10 a 20 roentgens por hora. En seguida arrancaron un trocito de metal reluciente, lo ataron dentro de bolsas de plástico para basura,

que colocaron dentro de un bote de desperdicios, cuya tapa cerraron con tela adhesiva, y lo pusieron a bordo del Otter, sobre una tela de plástico rodeada de garrafones de agua (que forman una coraza eficaz contra la radiación). En Yellowknife el bote de basura permaneció toda la noche bajo la vigilancia de un desafortunado oficial de la Real Policía Montada de Canadá. Todas estas precauciones por sólo una astilla de 75 milímetros de un satélite ruso. Posteriormente esa pieza fue llevada al Establecimiento Whiteshell de Investigación Nuclear, en Manitoba, donde los peritos trataron de juntar un rompecabezas de diversos fragmentos, para descubrir lo que los soviéticos

no les dirían: la fuente exacta de energía del Cosmos 954.

      Un día después llevaron la pieza más radiactiva de las encontradas:

un trozo plano de metal de 7,5 centímetros de anchura, 25 de longitud y cerca de 1,5 de espesor, que emitía 200 roentgens por hora.

Dos hombres de la AECB, cubiertos de ropa protectora, lo alzaron cautelosamente con tenazas largas y lo pusieron en un recipiente de plomo especialmente construido.

      “Si lo manejara uno durante cuatro o cinco horas, se enfermaría al cabo de una semana y sería muy probable que muriese”, advirtió el Dr. Eaton. 

 

Tenía que haber una forma más rápida de encontrar esos fragmentos mortales. El Grupo de Planeación de Misiones estudió intensamente el problema en sus sesiones

diarias y encontró la solución: el sistema de rastreo por microondas.

Teniendo a la mano los resultados de los rastreos hechos el día anterior desde la altitud mayor, los equipos de trabajadores trasportados en helicóptero dejaban en la nieve dos trasmisores de microondas, a 50 kilómetros el uno del otro, pero que abarcaban cada uno el lugar aproximado del blanco. Entonces, un Hércules con aparatos detectores sobrevolaba la zona a unos 230 metros de altura. La correlación de tres direcciones permitía localizar todos los fragmentos con exactitud, aunque estuviesen cubiertos hasta por 30 centímetros

de nieve. Desde que se adoptó ese sistema la recuperación de fragmentos del satélite por helicóptero se llevó a cabo rápidamente.

 

Misión peligrosa

 

      UNA NIEBLA fantasmal, que helaba hasta los huesos, cubría la Base de Edmonton antes del amanecer del 11 de febrero. El capitán Ted Parnwell y el mayor Amos Scott, que esperaban afuera del Hangar Cinco, en su ropa de aviadores, convinieron en que el tiempo era pésimo para volar, mientras escudriñaban impacientemente el cielo encapotado. Pero iban a hacerlo en

una de las misiones más difíciles de tiempo de paz.

Planeación de Misiones había de cidido establecer un campamento cerca de Warden’s Grove, para ahorrar las inapreciables horas de luz diurna que hasta entonces se perdían en volar todos los días des de la base y regresar a ella, y para determinar con toda certeza si el núcleo se hallaba allí o si se había

quemado y destrozado al entrar ardiendo en la atmósfera terrestre.

El nuevo “Campamento Garland” tendría una pista, lo suficientemente larga para que aterrizara en ella un Hércules sobre el lago Cosmos, nombre que se le había

dado poco antes. Para los suministros de esta obra de construcción rápida emplearían una técnica de precisión: el Sistema de Extracción en Paracaídas a Altitud Baja (LAPES son las siglas en inglés).  El LAPES es una forma de poner

en tierra cualquier cosa, desde lámparas de incandescencia hasta máquinas niveladoras de caminos, exactamente en el punto deseado, en lugares desolados, con lo que se evitan posibles daños en la carga y la inexactitud de los envíos en paracaídas desde una altitud considerable. El riesgo mayor lo corre la tripulación: en el LAPES, el avión debe volar sobre la zona del blanco a sólo un metro o metro y medio de altura y arrojar la carga, con un empuje horizontal de paracaídas, desde la parte posterior del aparato.

 

 

Los pilotos norteamericanos introdujeron el sistema LAPES en Vietnam. Los canadienses son ahora los únicos aviadores que lo emplean en operaciones de invierno, para dejar suministros en remotos campamentos y aldeas del norte del

país. El paisaje absolutamente blanco dificulta la percepción de la profundidad, lo que es importantísimo a sólo metro y medio del suelo. Únicamente los mejores pilotos y tripulaciones hacen vuelos de LAPES. Además de los pilotos Parnwell y Scott, la tripulación se compondría del navegante Steve Lucas, del suboficial Jim Hill, ingeniero de vuelo, del sargento Rick Grinham, encargado número uno

de la carga y del cabo primero Wayne Garriere, encargado número dos de la carga.

      A las 8:45 de la mañana la visibilidad había mejorado y el Hércules se elevó a través de la niebla que se disipaba, hasta una altitud de sol brillante, sobre el norte helado, y rumbo al lugar en que se construiría el campamento. Unas dos horas después, Ted Parnwell y Amos Scott volaban en círculos sobre la zona en que dejarían caer la carga.

      —Mira ese helicóptero —exclmó Scott, dirigiéndose a su copiloto, que lo podía escuchar con audífonos.

      En efecto, había un helicóptero en el lugar en que deseaba dejar la carga. Podían deshacerse de ella más adelante, pero era cuestión de orgullo ponerla cerca de la gente que estaba abajo. Los pilotos hablaron del problema con tranquilidad y buen humor.

      —Me fastidiaría muchísimo soltar la carga sobre el helicóptero.

      —Sí. A los de abajo tampoco les gustaría mucho eso.

 

      Se aproximaron para ensayar la maniobra. Podían dejar caer la carga cerca de la orilla del lago y evitar así al helicóptero. Sería una  entrega de suma precisión, pero aquello era su especialidad. Era ya tiempo de que se prepararan.

      Las puertas traseras se abrieron desmesuradamente y el paisaje he

lado quedó encuadrado en una enorme ventana panorámica. El avión se aproximó nuevamente a gran velocidad al punto elegido y los responsables de la carga dejaron caer marcadores de botes de humo sobre la zona del blanco.

      “Comprobación a los seis minutos”, advirtió Parnwell por el sistema de intercomunicación. En el vientre del avión, Grinham y Garriere, con cascos protectores, audífonos y arneses de seguridad enganchados al fuselaje, revisaron las dos enormes cajas de madera terciada que contenían 64 barriles de combustible de aviación, montadas como en un trineo, sobre plataformas de aluminio. En una última inspección de todos los detalles, revisaron las cerraduras y desataron las cuerdas de seguridad. El Hércules, con su monótono rugido, redujo la velocidad a menos de 240 k.p.h., que es la de aterrizar.

 

      “Un minuto!”

 

Los encargados de la carga soltaron una cuerda de seguridad en el paracaídas de anda que activaría la expulsión.

      “¡ Treinta segundos!”

El Hércules se niveló como si fuese a aterrizar, entrando veloz mente en la zona de descarga con las ruedas bajas. El suelo, una gran mancha blanca con fugaces salpicaduras de maleza, se hallaba.., allí precisamente.

“Quince segundos!” Entonces...

“Desplieguen el anda!”

 

Atrás, un paracaídas de 4,5 metros se abrió violentamente, produciendo de repente una resistencia al avance del enorme avión. Pero, con mano experta, Parnwell mantuvo a nivel la proa del aparato. “Adelante!’ gritó Scott y oprimió un botón en empuñadura de pistola, en la cabina. En el mismo instante Grinham haló un mango de emisión manual, en el vientre del Hércules, empleado como doble medida de seguridad.

¡Crac! Brotaron detrás tres paracaídas de 8,5 metros. Dos segundos después ¡Pum!, 16 toneladas de carga salieron como bala de cañón y aterrizaron   suavemente, levantando un géiser de nieve.

“Carga fuera”, informó el sargento Grinham.

Durante una fracción de según do, el avión, aliviado de su carga, tembló e hizo por clavarse. En esa misma fracción de segundo Parn well alzó el aparato en fuerte ángulo y con la máxima potencia. Un minuto después el Hércules describió un lento arco sobre la zona en que había depositado la carga. Muy abajo se veía el cargamento ‘nítida mente colocado cerca de la orilla del lago. El helicóptero no había sufrido daño.

 

“No tendrán que andar mucho para recoger eso”, comentó Scout distraídamente. A las 10:55 el Hércules regresaba a su base.

 

El legado del 954

 

      AL CABO de dos semanas el lago Cosmos era un próspero poblado de tiendas de campaña en que vivían 54 personas. Con los rastreos por microondas a nivel bajo se iban encontrando multitud de partículas radiactivas, no mayores que un

perdigón, que no presentaban ningún peligro, a menos que se ingiriesen, pero, considerando su tamaño tan pequeño, mucho más radiactivas que los fragmentos hallados anteriormente. ¿ Eran parte del núcleo destrozado? Tal vez.

      No se descubrió ningún fragmento grande del núcleo. El 30 de marzo se desmanteló el Campamento Garland. En abril terminó la Operación Luz matutina, después de 4773 horas de vuelo. Todos los poblados, 40 refugios de pesca, todos

los caminos y una zona en que anidan grullas blancas fueron registrados y declarados incontaminados. La ayuda norteamericana había sido valiosísima. Por su parte, Troy Wade, jefe delegado del contingente estadounidense, calificó al equipo canadiense de “tan bueno como el mejor del mundo”. Pero Medio Ambiente Canadá y algunos consultores particulares que trabajan por encargo de la AECB continuaron registrando la zona hasta ya entrado el verano.

      “Probablemente retiramos todo el material verdaderamente peligroso, pero esto es más bien un juego de azar”, explicó Geoffrey Knight, de la AECB. “Existe una posibilidad, ligera pero real, de que se nos haya escapado algo. Aunque es sumamente improbable que alguien lo encuentre en una extensión tan vasta o que permanezca en contacto con lo que halle el tiempo suficiente para que le cause algún daño”.

      Tampoco se descubrió ninguna nube radiactiva entre la abundante radiactividad que hoy existe en la atmósfera superior. Así pues, el asunto del Cosmos 954 pasó a hacer ruido en medio del pesado y lento mecanismo de la diplomacia.

      Canadá esperaba que se le indemnizara por daños y perjuicios, con inclusión del costo de la búsqueda, que ascendió a varios millones de dólares, como lo señala un convenio internacional. Se cruzaron muchas notas diplomáticas

entre Ottawa y Moscú. Yevgeniy Fedorov, de la Academia de Ciencias soviética, pronunció un discurso ante un subcomité de las Naciones Unidas, en el que no se

mostró partidario de que se prohibieran los satélites con combustible nuclear, pero reconoció que si un satélite “causaba daños a otro Estado, el Estado lanzador tenía el deber de indemnizar por ese daño”.

      Durante todo este episodio, Canadá adoptó deliberadamente una actitud oficial serena, con la esperanza de granjearse la cooperación rusa (que resultó ser mínima) y de mantener abiertas las líneas de comunicación por si ocurría de nuevo otro accidente semejante. Pero Canadá desea, como mínimo, un mayor intercambio de información en cualquier situación de apuro que se presente en lo futuro.

      Hay otras incógnitas inquietantes. Se cree que el Cosmos 954 no estuvo en funcionamiento el tiempo suficiente para producir mucha cantidad de mortal plutonio 239.

Pero supongamos que otros satélites con reactor nuclear sí lo producen. Aunque permaneciesen en órbita elevada durante 1000 años, seguirán siendo sumamente tóxicos si volviesen a la Tierra. ¿ Tiene alguien el derecho moral de dejar esos venenos a las generaciones futuras?

      De mayor pertinencia en el mundo actual es que ni Oriente ni Occidente dan indicios de abandonar el espionaje desde el espacio exterior, y es improbable que los soviéticos prescindan de los reactores nucleares a grandes alturas.

Entonces, inevitablemente, dada la falibilidad del hombre y de las máquinas, otros de esos reactores caerá alguna vez en alguna parte.

¿ Qué ocurriría si lo hace en unaciudad?

      Geoffrey Knight es un funcionario que se niega a hacer caso omiso de esa pregunta. “Podía haber sido un problema muy grave en una zona poblada”, dice. “Si el núcleo hubiese caído sin quemarse, habría sido mortal. Habríamos tenido que considerar la contaminación del agua y de los alimentos.

Probablemente la evacuación de gente y la restricción de su libertad de movimiento. Pensar en todo eso horroriza”.

      Y todos esos pensamientos horripilantes —mucho más que el costo, los actos intrépidos, la laboriosa y arriesgada búsqueda son el verdadero legado del Cosmos 954.