Revista Selecciones. Por Robert
Collins, Febrero 1979
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COSMOS 954: espionaje en
el espacio
El
18 de septiembre de 1977 el Cosmos 954 se elevó con gran estrépito en el
firmamento desde la base lanzadora de cohetes más grande de
El artefacto pasó entonces a ser
objeto de intensos esfuerzos internacionales y sus estertores agónicos fueron
vigilados por estaciones rastreadoras en todo el mundo. En las semanas
angustiosas que siguieron, la epopeya del Cosmos 954 alcanzaría las dimensiones
de una novela de misterio de la era espacial.
Llegó deslizándose desde el
cielo negro y sin nubes de Yellowknife, en los Territorios del Noroeste de
Canadá, a las 4:55 de la madrugada del 24 de enero
de 1978. La señora Marie Ruman
salía de su casa, después de un breve período de descanso y refrigerio, para
volver a su trabajo nocturno de aseo de oficinas en el centro de la población.
Tiritando por el frío de 40° C. bajo cero, se acomodó en su camioneta roja y
miró distraídamente hacia afuera, a través del
parabrisas, mientras el motor se calentaba, cuando una luz trémula, entre
blanca y anaranjada, empezó a aparecer en el sudoeste.
¿
Un avión que se incendiaba? ¡No! Al aproximarse la luz, que dejaba una estela
de fuego, la sorprendida mujer pudo ver claramente que no tenía forma de avión.
“Kathy!
¡Danny! ¡Vengan aprisa!” gritó, al mismo tiempo que hacía sonar continuamente
la bocina del auto. Su hijo y su hija, de 14 y 20 años respectivamente,
salieron en calcetines, y a todo correr al vestíbulo.
La
“cosa” parecía hallarse ya sobre sus cabezas, casi fluorescente por su
blancura. Planeaba tan silenciosamente que los dos perros de la familia Ruman
no se movieron. Cada una de las incontables formas pequeñas que dejaba atrás
ese objeto iba seguida de una
línea flamígera. ¿Sería un meteorito? De ser así...
¿
Cómo pudieron todas esas rocas tan grandes permanecer allá arriba? —balbució
Marie Ruman.
—Lástima!
¡Mi cámara no tiene película! —gimió Kathy.
Tampoco
había tiempo para cargarla. Rápidamente, sin ruido, los pedazos rojizos
desaparecieron sobre el horizonte del este, dejando a los Ruman boquiabiertos y
temblorosos en la oscuridad. ¿ Qué era aquello?
Poco
después de las 5 de la mañana, la señora Ruman llegó a su trabajo en la
estación de radio de
—Ha
visto usted OVNIS —comentó el hombre, riendo.
—iNo
creo en ellos!
Telefoneó
a la oficina meteorológica del lugar, para preguntar si tenía informes de algún
meteorito. Estaba en eso cuando el anunciador volvió presuradamente. Llegaban a
la estación otros informes del objeto misterioso. El hombre quería que la
señora Ruman relatara su historia en el noticiario de la
mañana.
Al
cabo de tres horas, un anuncio de Ottawa resolvió el misterio.
Marie Ruman era una entre unas
cuantas personas privilegiadas: había presenciado los momentos en que se
precipitaba a
La
señora terminó su trabajo y regresó a casa, pero no pudo dormir. Durante las 20
horas siguientes su teléfono la aturdió con llamadas de reporteros, hasta de
Australia. El mundo se había enterado de un hecho escalofriante: había estado
amenazado por un objeto mortal, hecho por el hombre
y procedente del espacio
exterior. El Cosmos 954 era un reactor nuclear volador, activado por 50 kilos
de uranio fisionable. Sus mortíferos despojos se hallaban en algún lugar del
norte de Canadá.
La
historia comenzó el 18 de septiembre de 1977, cerca de la aldea de Tyuratam, en
Kazakstán, cuya única razón de ser está en su indispensable estación
ferroviaria, a unos
les de
Todos los primeros Sputniks,
todos los vehículos tripulados, lunares y planetarios, y los primeros
proyectiles balísticos intercontinentales de los soviéticos, fueron lanzados
desde ese lugar.
Y
de allí también, a las 5:48 de la tarde, hora local, el Cosmos 954
salió rugiendo hacia el
firmamento en su cohete de lanzamiento y empezó a dar vueltas en torno de
Según
el tratado internacional firmado al efecto, los soviéticos estaban obligados a
informar del lanzamiento a
bre el periódico moscovita
Pravda añadió que esa “investigación continua del espacio” recibía la ayuda de
un sistema de telemetría por radio, instalado a bordo, para trasmitir datos a
las estaciones receptoras rusas en
Pero
los servicios de espionaje estadounidenses y británicos sabían
y deducían mucho más. Sabían que
el Cosmos 954 giraba en torno de
estabilizadora de la altitud,
para conservarlo equilibrado, y una unidad de radar, capaz de formar imágenes
de microondas, similares a la fotografía en blanco y negro. Su misión era
espiar a las fuerzas navales de Occidente.
Vigilantes
de la era espacial
¿
CóMo PODÍA Occidente deducir tanto con tan poca ayuda de Rusia? Unos cuantos
minutos después de haber sido lanzado, el Cosmos 954 fue descubierto por “ojos”
electrónicos en diversas partes del mundo. Muchos de ellos están conectados con el cuartel general del Mando
de
(NORAD), fortaleza de acero
dentro de una cámara perforada en el núcleo de granito de una montaña cerca de
Colorado Springs (Colorado). La función
primordial del NORAD es proteger al continente norteamericano de ataques
aéreos.
Pero su centro de Defensa del
Espacio, asociado a él, sigue la pista a todo lo que gira en el firmamento y
predice con exactitud los tiempos de aterrizaje. En reconocimiento a su labor,
Geoffrey Perry ha sido nombrado Caballero de la
Orden del Imperio Británico y ha
ganado un premio de
EL
MISMO día del lanzamiento, en septiembre de 1977, todos los vigilantes
profesionales del espacio que vivían en Occidente se dieron cuenta de la
presencia del Cosmos 954. Desde
1967 habían vigilado sin interrupción 15 lanzamientos anteriores del Cosmos en
esta serie. (El nombre de “Cosmos”
se ha empleado desde 1962 para
disfrazar toda clase de satélites, de paz o militares.) Los 15 habían seguido
un rumbo semejante y una órbita relativamente
baja, por lo general durante uno
o dos meses. Pero después, abruptamente, se elevaban a 900 o
¿
Por qué dos niveles de órbita? Pieza por pieza, los vigilantes del
espacio resolvieron el acertijo.
Los Cosmos de esa serie eran espías del
océano y probablemente empleaban
un potente radar “que miraba hacia un lado” y que podía reproducir imágenes
claras de barcos en crucero y de instalaciones portuarias, de día o de noche,
cualquiera que fuese el estado del tiempo.
Para realizar esa labor el radar
tenía que hallarse en órbita baja, y ser capaz de barrer grandes extensiones de
océano con suficiente fuerza para que rebotara una señal clara.
Un
radar así exige más potencia que la que puede obtenerse de células
fotoeléctricas, especialmente cuando todas las órbitas pasan a través de la
sombra de
Esto
explicaba la repentina elevación del satélite a
o más. Cuando sus sensores y su
equipo procesador se habían desgastado y el espía no era ya útil, una señal
electrónica de Rusia soltaba la sección de combustible nuclear, lanzándola
mucho más arriba de la atmósfera, para que
quedara en órbita de
los hacía bajar y los quemaba.
Esos y otros fragmentos de chatarra espacial han llegado a
Últimamente
los satélites Cosmos se han lanzado en pares, con intervalo de unos cuantos
días para que ambos espíen mejor la navegación occidental. Al comparar las señales de una pareja de
satélites que cubren la misma pista, Rusia
podía no sólo localizar barcos
sino seguir sus movimientos. El Cosmos 954 se ajustaba a esa norma en todos
aspectos. Su compañero, el Cosmos 952, entró en órbita el 16 de septiembre y a
principios de octubre fue impulsado más arriba. Indudablemente, ocurriría lo
mismo con el 954, tal vez a mediados de noviembre.
En
Colorado Springs, aunque el SPADATS hace 20.000 observaciones diarias, es
imposible observar todos los satélites en todo momento. Lo mismo que a
cualquier satélite nuevo, se dio al Cosmos 954 un “ajuste de elemento” o
descripción matemática de su órbita. Después, en frecuentes rastreos rápidos
del cielo, las computadoras
recogerían la menor desviación de su curso.
En
Durante
cierto tiempo el satélite se comportó como se esperaba, girando en silencio día
y noche, 16 veces cada 24 horas, y trasmitiendo sin cesar datos en clave cada
vez que pasaba sobre mares. Periódicamente (cuando la leve capa de la
atmósfera superior trataba de
empujarlo hacia nuestro planeta) un breve arranque de su motor ponía nuevamente
al satélite en posición.
Abajo,
el joven Andrew registraba con diligencia esas correcciones de rumbo -a
intervalós regulares, que aparecían en un gráfico como una línea cerrada. Pero
allá por el primero de noviembre cesaron los pequeños saltos. Ya el día 8
pareció evidente a Andrew que el Cosmos 954 funcionaba mal y que había iniciado
una declinación larga y lenta. Driver y su condiscípulo John Kellet trazaron
una línea en que predecían que el satélite se quemaría en la atmósfera a
principios de abril, a menos que los rusos lograran recuperarlo.
Casi
al mismo tiempo, en Colorado Springs se llegó a igual conclusión. El Cosmos 954
perdía velocidad, primero un décimo de minuto por órbita, después dos décimos.
El capitán David Tohien, de
“Sabíamos que era un satélite
importante”, comentó después Toliten, lo cual era el reconocimiento tácito de
que se le suponía dotado de motor nuclear.
Los
satélites impulsados por fuerza nuclear se están volviendo alarmantemente
comunes. Por lo menos 11 de ellos se encuentran ahora en órbita alta, en donde
se espera que permanezcan varios siglos. Con excepción de uno, hasta hoy todos
los satélites nucleares de los Estados Unidos han empleado un
generador termoeléctrico de
radioisótopos (RTG son sus siglas en inglés) que utiliza plutonio 238.
Aceptando que se pueda poner en
órbita sobre nuestras cabezas la fuerza nuclear (punto muy discutible) esa
técnica no es peligrosa. Colocado en órbita alta, el plutonio 238 se debilita
en 500 años hasta menos del tres por ciento de su
radiactividad original. Si
cayese a tierra prematuramente, su motor —cubierto de material de cerámica que
absorbe el calor y dentro de un recipiente de acero— ha sido diseñado para que
resista el impacto. Si desprendiera radiactividad,
estaría formada casi
exclusivamente por partículas alfa, muy peligrosas
si se ingieren o se respiran,
pero que no pueden atravesar siquiera una hoja de papel.
En
contraste, un reactor de uranio produce radiación alfa, beta (de penetración
más profunda) y gamma que penetra profundísimamente. Uno de sus productos, el
plutonio 239, tiene una vida media de 24.360 años (es decir, se necesita el
trascurso de ese tiempo para que pierda la mitad de su radiactivi-
dad). Sin embargo, un reactor
así genera más potencia que un RTG.
El
NORAD se preguntaba: Produciría un RTG suficiente potencia para el radar del
Cosmos 954, o este satélite llevaría un reactor? Y si se estrellaba en tierra
¿se quemaría el reactor al bajar, o sobreviviría para rociar en
El
primero de diciembre
agua, y la probabilidad de que cayera
en una zona poblada eran aun más remota.
EL
12 de diciembre, el NORAD dio aviso al capitán Mike Barrow, jefe del Centro de
Operaciones de
ventanas, con una puerta
semejante a la de una bóveda de banco, que se abre únicamente por una clave de
botones y una tarjeta de identificación que se inserta en una rendija. Llena de
consolas de computadoras y de conexiones
de telecomunicaciones, es el
centro nervioso de las fuerzas armadas
canadienses en el país y en el
extranjero. Barrow inmediatamente trasmitió la información acerca del satélite
errante al almirante Robert Falls, jefe del Estado Mayor de
“Avíseme
si hay novedades”.
Una
semana después, en Washington, Zbigniew Brzezinski, consejero en Asuntos de
Seguridad Nacional, nombró una fuerza operante formada por personal de varias
agencias del gobierno, para que explorara todas las ramificaciones de una
situación de apuro nuclear. Como jefe de ese grupo nombró al ingeniero nuclear
Ben Huberman, de 39 años de edad, quien rápidamente reunió un equipo de
especialistas en problemas del espacio, de energía nuclear y de socorro en
situaciones de desastre, procedentes de
“Estamos
casi absolutamente seguros de que el satélite es nuclear”, les informó
Huberman. “Todavía no sabemos si volverá a entrar en la atmósfera, pero debemos
estar preparados para lo peor”. Lo peor significaba esto: que el reactor ruso
no hubiera sido diseñado para que se quemara al volver a entrar en la
atmósfera; que no estuviera protegido dentro de una coraza a prueba de impactos
y resistente al calor; que cayera en zona poblada; que emitiera penetrante
radiación gamma. Como resumió Huberman posteriormente, podía ser “una situación
peligrosísima y aterradora”.
Parecía
remota la probabilidad de que fuesen afirmativas las respuestas a tantas
incógnitas. Pero la fuerza operante empezó a preparar planes de investigación, descontaminación y limpieza.
Al presidente Carter, que es ingeniero nuclear, lo informaban diariamente en
sus conferencias matutinas con Brzezinski.
EL
28 de diciembre el primer ministro Trudeau, que estaba de vacaciones esquiando,
visitó a Colorado Springs. El caso del Cosmos 954, que probablemente estallaría
en alguna parte, en fecha indeterminada, durante la primavera, al parecer no
ocupó un lugar prominente en los informes que recibió Trudeau en esa ocasión.
Pero 10 días después todo cambió. El 6 de enero el Cosmos 954 se desvió de
repente. De su declinación lenta, pero constante, pasó a perder altitud
rápidamente. Sin duda habían dejado de funcionar los controles de su esta
bilizador, y eso provocó que diese tumbos en su órbita, con lo que había
aumentado radicalmente la resistencia de la atmósfera y se había reducido el
tiempo que podía permanecer en el espacio. De Colorado Springs, Farnborough y
la
Escuela Kettering llegaban
predicciones casi idénticas: el espía caería entre el 23 o el 24 de enero.
En
las oficinas de Washington de
En
el caso de que tuviesen que hacer tal cosa, él y su equipo trazaron un plan que
podría aplicar se en cualquier zona de los Estados Unidos y adaptarse a
cualquier otro sitio, si algún país necesitaba ayuda. En el momento mismo en
que
se conociese el impacto del
Cosmos 954, recibirían aviso el gobernador del Estado, el organismo de la
defensa civil,
¿Pero
cuál era realmente el peligro potencial? La fuerza operante de Huberman
necesitaba conocer exactamente qué clase de combustible llevaba el satélite. De
Rusia no se había recibido una sola indicación. ¿ Deberían preguntar a los
soviéticos ? ¿ Cuánto podrían los
Estados Unidos reconocer que sabían, sin revelar sus propios secretos de
espionaje? Y si los rusos contestaban que “no tenían comentarios que hacer”, ¿
qué ocurriría?
Sin
embargo era preciso preguntarles.
Mensaje de Moscú
EL
12 de enero invitó Brzezinski al embajador soviético Anatoly Fedorovich
Dobrynin a que conversara con él en su amplia oficina en
Dobrynin ha sido calificado como
“el ruso favorito de Washington”. En una ocasión llevó vodka y caviar a una
junta con Brzezinski en
La
junta de ese día fue menos festiva. Uno de los satélites de Rusia parecía
hallarse en dificultades, informó Brzezinski. ¿ Era verdad tal cosa? Si caía en
tierra, ¿ pondría en peligro la vida humana? Concretamente, ¿llevaba el
satélite un reactor nuclear? Dobrynin pareció de veras muy sorprendido. Al
igual que otros muchos en todo
el mundo, evidentemente no se había enterado del mal funcionamiento del Cosmos.
Prometió que obtendría las respuestas.
Dos
días después se recibió un breve mensaje: efectivamente, el satélite empleaba
combustible nuclear y se había perdido el control de él. En las reuniones y
llamadas telefónicas de los siete días siguientes, Brzezinski aclaró a duras
penas unos cuantos hechos más: el 954 estaba impulsado por uranio
enriquecido, U235, pero no
estallaría al caer. Se le había diseñado para que ardiera al entrar en la
atmósfera. Esto, por supuesto, no garantizaba que se quemaría, y el 17 de enero
una media docena de importantes dirigentes del Congreso fueron informados de la
situación. Se acordó que
de Energía se encargaría como
organismo principal de la limpieza de la radiación.
Casi
a diario, desde el 6 de enero, la fuerza operante había debatido
acaloradamente si debía
informarse al público o, al menos, a los jefes de Estado de veintenas de países
que se hallaban bajo la ruta del 954. ¿Pero qué se les podría decir?¿Que un
satélite nuclear posiblemente volviese a entrar en la atmósfera terrestre y, si
no se quemaba antes, tenía un 25 por ciento de probabilidades de caer en
tierra?
“Vamos a pedir al mundo que se
paralice durante tres o cuatro días?”
preguntó alguien. Cada vez que
discutía el caso, la fuerza operante decidía por unanimidad que no era
conveniente hacer un anuncio público, para evitar un pánico innecesario.
Pero
el 18 de enero los Estados Unidos informaron a sus aliados de
sabía— el capitán Mike Barrow se
enteró por el NORAD de que el 954
definitivamente llevaba combustible nuclear y caería en
El
viernes 20 de enero siete agencias del gobierno de Canadá —entre ellas
(NAST) se reunieron en Ottawa
para trazar planes de emergencia. Con bases en ocho instalaciones militares
canadienses, las unidades del NAST incluyen bomberos, médicos, oficiales de
seguridad y un grupo de vigilancia de la radiación.
Todos los equipos del NAST
quedaron en estado de alerta durante ese fin de semana. Planeación de
Emergencia de Canadá, la agencia federal en toda la nación, establecida con el
fin de hacer frente a los desastres en tiempo de paz o a la guerra nuclear, se
encargaría de poner sobre aviso al gobierno en
todos sus niveles y de que se
advirtiese al público. Si el satélite espía
se estrellaba en Canadá,
correspondería al NAST y a
Comienza la vuelta mortal
En
Colorado Springs, el capitán Dave Tohlen trabajó desde las 3
de la madrugada hasta el
mediodía del lunes, fue a casa a dormir un poco y cuatro horas después lo
llamaron. “Empezaba a nevar, nuestro hijo estaba a punto de nacer y mi mujer
había pasado ya por una falsa alarma”, recuerda Tohlen.
“No estaba muy contenta con mi
prolongada ausencia de casa”.
La
sala de operaciones militares del Centro de Defensa del Espacio,
cuadrado de nueve metros de lado
y sin ventanas, donde normalmente trabajan unos seis hombres, era entonces un
mare mágnum de teléfonos que sonaban y de consolas
de computadoras que hacían
señales luminosas, atestada de especialistas civiles y de militares de todos
los grados.
El
ambiente era tenso. Con el Cosmos
¿Cuándo se estrellaría? ¿ En
dónde? Al llegar la noche, el Centro podría predecir únicamente que no caería
en
punta de África al Atlántico,
después, a través de Canadá, y más tarde al Pacífico. En otro centro de
control, el de Germantown (Maryland), en las afueras
de Washington, Roy Lounsbury
estuvo despierto toda la noche, vigilando el flujo de datos procedentes del
cuartel general subterráneo del NORAD, para saber si debía enviar los equipos
del NEST y a dónde. Mientras se acortaban las horas de vida del 954 y las
posibles zonas de impacto cambiaban y se reducían, Lounsbury señalaba los
lugares “seguros”: “Eliminen Nuevo México”: o “Muy bien; no caerá en Montana”.
Trascurrieron
las horas y llegó el 24 de enero. A las 3:29 de la madrugada, el Cosmos 954
inició su vuelta mortal en torno de
Aun
entonces, el 954 podía tal vez clavarse en el Pacífico o saltarse la atmósfera
terrestre y seguir mucho más allá de ella. Pero planeó hacia abajo, en
dirección continua, y a las 4:53 ya ardía en la atmósfera, sobre las islas de
la
Reina Carlota. Al desintegrarse,
sembrando radiactividad en la atmósfera superior y regando tras él multitud de
fragmentos, el satélite destrozado cayó al este del lago del Gran Esclavo, unos
cuantos segundos después de las 4:56 de la madrugada.
Llamada de
EN
WASHINGTON, las incesantes llamadas telefónicas a su casa lograron por fin
sacar de la cama a Huberman a las 4 de la madrugada. Esas llamadas lo siguieron
a su oficina, en el Antiguo Edificio de Oficinas Ejecutivas, que está al lado
de
“Colorado
Springs lo rastreó hace un momento, en el noroeste de Canadá”, anunció Ben
Huberman. “Debemos pedir al Presidente que se comunique con el primer ministro
Trudeau?”
Brzezinski
fue rápidamente a la siguiente puerta, la de
En
Ottawa, en ese momento, todo estaba relativamente tranquilo. El capitán Barrow
iba en automóvil al Centro de Operaciones de
consejero del Primer Ministro en
asuntos de política exterior, se disponía a afeitarse. El Primer Ministro
dormía.
Cuando
Brzezinski dirigió la llamada telefónica de Carter a la oficina de Trudeau, poco
después de las 7 de la mañana, el conmutador la pasó al ayudante ejecutivo
Robert Murdoch. Trudeau se hallaba aún en su casa, explicó Murdoch:
—Quieren
ustedes que los comunique con él inmediatamente?
—Sí,
por favor —respondió Brzezinski en tono de urgencia—. El Presidente tiene un
mensaje importante relativo al satélite soviético.
Hasta
entonces, el interés de Trudeau por el Cosmos 954 había sido muy leve, como él
mismo lo reconoció. Explicó en una conferencia de prensa efectuada
posteriormente, esa misma semana: “Sé que hay cosas allá arriba. Sé que van
a caer algún día, pero no quiero
enterarme de ello hasta que parezca que van a caer en mi país”.
Pero
entonces lo despertaron para enterarlo de que ya habían caído. Le dijo Carter
que el radar de los Estados Unidos había rastreado la caída. Esperaban en las
pistas aviones y peritos norteamericanos, a disposición de Canadá. Trudeau dio
las gracias al Presidente. Investigaría si Canadá necesitaba ayuda y
telefonearía unos cuantos minutos después. Entre tanto, Brzezinski
dio por teléfono a Ivan Head las
coordenadas preliminares en el mapa de la zona de impacto.
“Tenía
el teléfono en una mano y la navaja de afeitar en la otra, con crema en toda la
cara”, confesó Head después. “Para no decirle a Zbig que no estaba listo en mi
oficina, como evidentemente lo estaba todo el mundo en
amargos, cuando me pregunté si
las había retenido bien en la memoria”.
Casi
simultáneamente llegó a
Sus
cómputos resultaron ser una obra maestra de exactitud: 62,7 grados de latitud
norte y 111 grados de longitud oeste, más
oriental del lago del Gran
Esclavo. En aquel momento, todas las miradas de América del Norte se de pieles
llamada Snowdrift, de unos 250 habitantes, el fuerte Reliance, que es una
estación meteorológica, y el lago Baker, comunidad en que predominan los
esquimales, con una población aproximada de 1000. Los 10.000 habitantes de
Yellowknife se hallaban fuera de la zona de impacto
prevista. Por tanto, era leve la
amenaza a los seres humanos, y había muchas probabilidades de encontrar el
Cosmos, pues la región está patrullada por una de las mejores unidades de
búsqueda y salvamento que hay en el mundo.
El
coronel David Garland, de 43 años, hombre alto y espigado, que es el comandante
de
búsqueda, que habría de ser
conocida como Operación Luz matutina. La misión lo entusiasmó. Piloto sereno,
que piensa aprisa, con 23 años de servicio, se había preparado para esa
situación especial de apuro desde el fin de semana.
Sus aviadores, como siempre,
estaban listos para salir a buscar en cualquier parte desde las montañas
Rocosas hasta los Grandes Lagos y desde la frontera con Estados Unidos hasta el
Polo Norte.
Al cabo de una hora funcionaba
ya un puesto de mando de urgencia y una unidad del NAST se preparaba a ir a
Yellowknife,
y
A
las 5:30 dos aviones norteamericanos Starlifter, descargaron equipo y 110
especialistas en
Yellowknife con máquinas que
toman muestras de aire y con detectores de rayos alfa beta gamma.
Esos especialistas llevaban
sobretodos de un color amarillo chillón, aislados con tela adhesiva en los
puños y los tobillos, e iban provistos de máscaras de gas. Lo que informaron
fue alentador: Yellowknife estaba “limpio de radiación”.
Comenzó
entonces la larga y frustrante búsqueda del asesino en potencia, un período de
noches de insomnio, de proezas, de pericia y de caprichos del destino. A la
1:15 de la madrugada del 25 de enero se elevó el primer Hércules llevando
tripulación canadiense y científicos norteamericanos. Al poco tiempo lo
siguieron otros tres aparatos semejantes, que durante los siguientes días
volaron de día y de noche.
Cuadricularon
la extensión de 800 por
Ese
trabajo era como buscar una aguja en un montón de nieve. La radiación de los
fragmentos se eleva en un haz angosto, difícil de descubrir a una altura mayor
de
de
Los
esquimales del lago Baker se debatían entre la alarma y la curiosidad al ver
aquellos seres extraños en trajes amarillos. En reuniones de adultos y de niños
la misión del NAST trataba de explicar el accidente nuclear a gente que
todavía cazaba lo que comía y
viajaba en trineos tirados por perros. La misión les aseguraba que el
aeropuerto no se cerraría y que el lago
Baker no sería evacuado. Pero indudablemente algo peligroso había ocurrido: un
objeto venenoso había caído del cielo (en el idioma de los esquimales no existe
una palabra que signifique “radiactividad”).
—Si encuentran fragmentos extraños, apártense de ellos. No les harán
ningún daño, a menos que los recojan.
—Pero
qué les ocurrirá a los caribúes? ¿ Qué les pasará si lamen esos pedazos?
—Entonces
—reconocieron con tristeza los grupos del NAST—, quizá se enfermen y mueran.
Los
habitantes del lago Baker intercambiaron miradas de preocupación ¿ Qué locura
era todo eso?
Camisetas y raquetas para la
nieve
OTRA
CLASE de locura se extendía por el norte. Muchos periodistas, hombres y
mujeres, llegaron a Edmonton, de todo el continente y de más allá, compitiendo
ferozmente por acomodarse. Un contingente de japoneses, cuyo interés procedía
de Hiroshima, llegó tiritando con abrigos ligeros. La cadena de televisión
American Broadcasting Company fletó un reactor Lear para filmar durante ocho
días. Un
periodista estadounidense
telefoneó a un hotel de Yellowknife para reservar habitaciones y raquetas para
andar sobre la nieve, y añadió:
“He aquí los números de nuestro
calzado.. .“
Yellowknife
observaba el alboroto con hilaridad mal disimulada. Un
individuo emprendedor ganó
rápidamente dinero vendiendo camisetas (a 5,75 dólares cada una y a mayor
precio) y estampando en ellas un cuervo, visitante común de las calles y de los
botes de basura, que graznaba “De qué nos preocupamos?” Era fiel reflejo del
estado de ánimo de la población del lugar. Los periodistas forasteros buscaron
en vano algún indicio de pánico. Pero como hizo notar un diario de Yellowknife:
“El solo hecho de vivir aquí requiere deter
minadas cualidades personales:
autosuficiencia con cierta actitud fatalista y mucha resistencia intestinal. A
estas alturas, los del sur deberían saber ya que nosotros somos diferentes”.
AL
PRINCIPIO, los modales apacibles de Bob Grasty y Quentin Bristow no llamaron la
atención en medio del alboroto general. Pero esa modesta pareja del
Reconocimiento Geológico de Canadá iba a convertirse en la predilecta temporal
de los volubles periodistas. Durante las horas que precedieron al amanecer del
26 de enero esos dos hombres trabajaron en las entrañas de un Hércules,
instalando una caja oblonga de color azul que valía 225.000 dólares. Era un
espectrómetro de rayos gamma, diseñado por Bristow en Ottawa cuatro meses antes
para reconocimientos geológicos, más sensibles que cualquier instrumento
norteamericano llevado al lugar. Podía distinguir entre fuentes de radiación
natural y las creadas por el hombre, y su computadora incorporada analizaba
datos en el lugar mismo en que
se encontraran. Pero había sido probada
únicamente dos veces y nunca la habían empleado en una misión real.
¿Funcionaría bien?
Esa
mañana Bristow voló sobre los yermos con la caja. Nada descubrió. Grasty se
encargó del siguiente turno. Durante toda una noche fría y límpida el Hércules
voló en zigzag por una cuadrícula de la zona de búsqueda. Cerca del alba del 27
de enero, fatigado después de dos noches sin dormir, Grasty se inclinó sobre el
papel cuadriculado para gráficas. “Creo que di en el blanco!”
Era
sólo un garabato, cerca del río floarfrost, que alimenta el extremo oriental
del lago del Gran Esclavo. Pero en un vuelo posterior, con equipo
norteamericano, se con firmó el hallazgo. Era un blanco definitivo, logrado
sólo tres días después del impacto. ¡Los modestos geofísicos habían trabado
combate
con el Cosmos 954!
No tocar
ALGUNOS
funcionarios habían restado importancia al peligro de la radiación, en parte
porque no lo comprendían y en parte también para equilibrar las noticias
alarmantes que aparecían en la prensa. Pero la amenaza era verdadera y nadie lo
sabía mejor que el eminente científico Geoffrey Knight,
elegante y canoso físico de
sanidad de
Atómica, y su colega, el Dr.
Roger Eaton.
La
radiactividad, por leve que sea, debe ser tratada con mucho respeto. No puede
verse ni oírse ni olerse ni probarse, pero cuando penetra en un ser humano
desorganiza la estructura atómica de las células. En la vida normal, todos
recibimos y toleramos pequeñas
cantidades de radiación natural o producida por el hombre. Las dosis excesivas
suelen matar.
Knight
y sus colegas sabían que entre los despojos del 954 podía haber partículas de
polvo, pedazos más grandes y hasta un trozo del reactor nuclear. Este sería
mortal para quien se acercara a él. Los fragmentos pequeños, si no eran del
núcleo o si no estaban irradiados fuertemente por él, no significarían gran
peligro, a menos que algún inocente los
llevase consigo; entonces podrían causar úlceras dolorosas o algo peor aun.
Las
partículas de polvo podrían quedar suspendidas en el aire y ser
inhaladas, dispersas en la nieve
y ser ingeridas (los habitantes de esas soledades acostumbran beber nieve
derretida) o pegarse a las manos y ser llevadas accidentalmente a la boca. ¿
Sería eso grave? Dependería, dijo Knight, de que el material nuclear fuese o no
soluble. Los rusos no lo habían revelado.
El
polvo radiactivo insoluble que entrase en el cuerpo probablemente
pasaría por el conducto
alimentario, dejando radiación, quizá no en cantidades mortales pero haciendo
que aumentaran las probabilidades de contraer cáncer. Las partículas en polvo,
absorbidas en un pulmón, podrían apresurar el cáncer. El polvo soluble podría
ser absorbido en los fluidos del organismo y tal vez
se concentrara en los órganos
vitales. o en las células óseas. Al cabo
de algunos meses o años
resultaría fatal.
Igualmente,
la radiactividad podría introducirse en el suelo y en el agua del norte, y a la
postre llegar a los animales terrestres y a los peces, y posiblemente tambien a
los seres humanos. Por último, existía una ligera posibilidad, no por eso menos
real, de que el Cosmos 954 se condujese en el suelo en forma distinta de como
lo había hecho en el espacio.
En
un motor nuclear se emplea una sustancia como agua pesada para crear una
reacción nuclear controlada. ¿ Qué ocurriría si un gran trozo del núcleo del
Cosmos 954 hubiese caído intacto?, se preguntaban los hombres de ciencia. El
tremendo calor generado cuando
el núcleo radiactivo chocó contra el suelo ¿ iniciaría una reacción
incontrolada? No era esa una idea fantástica de los científicos; en el pasado
había ocurrido por lo menos una reacción de fisión natural.
Todas
estas posibilidades, por remotas que fuesen, daban un carácter urgente a la
búsqueda. Garland tenía en vuelo 16 aviones y helicópteros. Los costos del
combustible y del mantenimiento -ascendían por si solos a 1750 dólares por
hora.
Los instrumentos en los aviones
norteamericanos que volaban a gran altura buscaban en la atmósfera superior la
nube radiactiva que todavía no se había asentado en un nivel que pudiese ser
descubierto, pero los científicos supusieron que -posteriormente se asentaría.
-El
blanco de Bob Grasty fue señalado en mapas, en espera de que los
equipos de limpieza de
advertencia a tos moradores
aislados del norte. Cuando el teniente coronel Alex Bialosh descubrió que Eddie
Drybones, - cazador indígena de pieles, recorría su línea de trampas, dejó en
la tienda de Drybones un mensaje que, en resumen, decía: “Si encuentra en la
nieve algo extraño, no lo toque: avise a las
autoridades”.
“¡Lo encontraron!”
Lejos de la enloquecedora
multitud (así lo creyeron) los seis jóvenes aventureros no se explicaban el
persistente zumbido de los aviones que volaban sobre ellos. Era raro un tráfico
pesado sobre los desolados yermos.
Cinco norteamericanos y Robert
Common, de Sainte Anne de Bellevue (Quebec) todos ellos jóvenes, fuertes y con
gran confianza en sí mismos, se hallaban a la mitad de una odisea de 15 meses,
en la que pondrían a prueba su fortaleza
contra la soledad. En parte recorrían de nuevo la ruta seguida en el malhadado
viaje del explorador John Hornby y dos compañeros que murieron de hambre en
1927 y, además, hacían por cuenta del gobierno cierto reconocimiento de la
fauna silvestre y de las condiciones meteorológicas. Invernaban entonces en una
cabaña, en un lugar llamado Wardeñ’s Grove, entre una lengüeta de arbolillos
que entraba en el yermo.
El
sábado 28 de enero, Gary Anderson, Kurt Mitchell; Chris Norment y Common se
hallaban en el campamento. Mike Mobley y John Mordhorst estaban en el tercer
día de un viaje breve de exploración con
un trineo y seis perros. A eso
de las 3 de la tarde dieron la
vuelta a un recodo del río Thelon y se
detuvieron de repente. Un misterioso objeto
ponía una mancha oscura en el panorama blanco y vacío.
¿Hoyos de animales? No más de
cerca, era una maraña de postes de metal, torcidos y en negrecidos, que salían
de la nieve. Un polvo gris manchaba el hielo
circundante. ¿Se trataba acaso
de despojos de un avión que había caído?
Mike Mobley, sicologo y maestro,
puso a trabajar su cerebro analítico. “El cráter parece ser nuevo. Hay huellas
de cavidades en todas partes. Evidentemente, lo que cayó fue algo muy caliente”.
Tal vez podríais volver a usar
como fortaleza todo eso. Quien subsiste en el norte, aprende a aprovechar todo
lo que encuentra en la región. Mobley tocó una punta con la mano en guantada.
Estaba firmemente congelada en el hielo.
Un
fuerte viento hacía que se sintiera con mayor intensidad el frío de 38° C. bajo
cero, que penetraba por su ropa. No tenía objeto seguir allí, a la intemperie. Era preferible
cancelar su viaje complementario volver al campamento
y tratar de resolver el misterio
por radio de onda corta. Tres horas después, Chris Norment salió a ayudar a
desenganchar a los perros.
—Por
qué regresaron tan pronto? preguntó Chris.
_Porque vimos algunas cosas extrañas
por allá.
Qué vieron? preguntó Norment, muy agitado de
repente.
—Bueno,
algunos pedazos de metal muy raros, que podrían ser de un avión. Parecían muy
nuevos...
Lo
encontraron, lo encontraron! —gritó Norment— Nos informaron por radio... Se estrelló
un satélite ruso... ¡Ustedes lo encontraron!
—jVaya,
hombre! —se mofó Mordhorst, sin poder creerlo. Pero el mensaje que enviaron a
Yellowknife, y que fue retrasmitido por el fuerte Reliance, confirmó el
hallazgo.
—No
se acerquen a esa cosa a menos de
—No
se va a poder —contestó Mike Mobley, alegremente—. ¡ Ya lo toqué!
—Quédense
allí —fue la respuesta—. Alguien llegará mañana.
Esa
noche, en el campamento, hubo una extraña y jocosa tirantez, aunque no motivada
precisamente por el temor a la radiación. “Por primera vez en varios meses”,
dijo después Mordhorst, meditativamente, “sentimos que no dominábamos
la situación”.
En
realidad así era. El mundo exterior los arrebató en un remolino. A las 2 de la
tarde del día siguiente llegó un avión Otter bimotor, procedente de
Yellowknife, seguido al poco tiempo por un helicóptero Chinook que había
partido del lago Baker. Los seis jóvenes salieron jovialmente a recibir a sus
Visitantes, pero estos no parecían tener prisa en establecer contacto amistoso.
Sólo un médico y un técnico en radiación se adelantaron.
“e
Cómo se sienten?” preguntó el Dr. Savino Cavender, médico norteamericano
especialista en radiación, disimulando su preocupación. Muy bien, contestaron
los jóvenes. Cavender y el técnico procedieron entonces a tomar lecturas de
radiación. Los seis exploradores fueron declarados incontaminados.
Mobley y Mordhorst guiaron a
algunos soldados y a un médico de sanidad hasta el cráter.
Los
demás fueron llevados en avión a Yellowknife, donde se encontraron en medio de
una escena carnavalesca, de deslumbrantes luces de televisión y legiones de
reporteros que se movían a empellones, detrás de una valla de soldados.
Los trasportaron rápidamente
hasta un hospital, con una escolta de policía. A la mañana siguiente, los
únicos efectos molestos que sentían fueron diagnosticados como dolor de
estómago por haber comido demasiados melocotones la noche
anterior.
Mobley
y Mordhorst volaron a Edmonton para someterse a un minucioso reconocimiento
médico. A las 3 de la madrugada, exhaustos y rodeados de médicos y enfermeras
con batas y máscaras, empezaron a sentirse decaídos. ¿ Recuperarían la paz de
Warden’s Grove?¿ Alimentaría alguien a sus perros?
(Los militares lo hicieron.)
Por
la mañana hablaron a la prensa. “Hay mucha ansiedad entre la gente común”, dijo
Mobley. “Somos los únicos dos que podemos decir por experiencia propia que eso
no es tan peligroso”.
No
lo era. Las lecturas en el cráter indicaron únicamente 15 roentgens por hora,
radiactividad gamma no peligrosa si el contacto es pasajero. Sin embargo, el
núcleo “caliente” podría estar todavía allí. Mobley y Mordhorst convinieron
en servir de guías para
proseguir la búsqueda en torno de Warden’s Grove.
El
salto más arriesgado
UNA PEQUENA pista de aterrizaje
en Warden’s Grove daba servicio a
las 9 de la noche del domingo 29
de enero cuatro veteranos escogidos del Cuerpo Canadiense de Paracaidistas
estaban ya listos para dar el salto más arriesgado de su vida. Cuatro horas
antes, los sargentos John Phillips, Doug Riddell
y Chris Cabelguen, y el soldado
John Wickstrom habían recibido órdenes de ir a Warden’s Grove a la mayor
brevedad posible. Cargados de paracaídas, ropa ártica,
rifles, tiendas de campaña, un
tobogán y dosímetros (pequeños detectores personales de radiación) aceptaron,
bajo juramento ser guardias especiales. A medianoche Hércules iba ya en
dirección a Yellowknife y después sobrevolaría
el yermo.
Aunque
el recio y arrogante John Phillips, suboficial que llevaba el
mando, tenía en su haber 169
saltos en paracaídas, no deseaba con ansiedad el número 170. Saltar de noche
suele ser peligroso en cualquier época. Con una temperatura de 38° C. bajo
cero, viento fuerte, en la soledad y sin médicos u hospitales que pudiesen
atender a un hombre lesionado, un salto en esas
condiciones resulta
decididamente desagradable. Pero órdenes eran órdenes. Lo importante consistía
en llegar abajo ileso. A las 6 de la mañana cruzaron
la zona del salto, de sur a
norte y de este a oeste, a una altitud de
miles cercano y lejano.
Soplaba
un norte de 64 k.p.h., cerca de tres veces más fuerte que el viento propicio
para un salto normal. Dejaron caer en paracaídas su tobogán y vieron cómo el
viento lo arrastraba fuera del blanco, en medio de la oscuridad que precede a
la aurora.
Dentro
del Hércules se encendió una luz verde.
“¡
Adelante!” gritó el director del salto y Phillips salió del extremo
posterior del avión cuando
volaba a
“
Adelante... adelante adelante!”
Detrás
de Phillips saltaron los demás. Mientras descendía colgado
de su paracaídas Phillips vio
abajo amenazantes sombras negras.
“1Dios me valga, peñas!” gimió y
se volvió hacia el viento, en la forma prescrita, para evitarlas. Cayó
hábilmente en una superficie de algo más de un metro de nieve, tan duramente congelada
que podría haber sido cemento. Parpadea
ron en la oscuridad tres señales
luminosas: los demás estaban a salvo.
Añadido
el factor del viento helado, la temperatura equivaldría a 89° C. bajo cero. Los
paracaidistas se apresuraron a entrar en una cabaña abandonada. Riddell informó
por radio: “Todos sin novedad”.
Los otros sacaron su tobogán de
un árbol raquítico en que se había enredado. Vigilaron la zona durante siete
días inútilmente. Nadie trató de infiltrarse en Garden’s Grove.
Constantemente
se lograban nuevos blancos. El estado del tiempo era paralizante, pero el
trabajo de limpieza nunca se suspendía.
El
martes 31 de enero fue un día típico. Un grupo integrado por varios
norteamericanos especialistas en radiación, hombres de
Prosiguiendo
en su labor, el grupo de búsqueda retiró nieve, con palas de mango largo, en
torno de otro blanco. Allí se encontró una radiación relativamente inofensiva
de
que colocaron dentro de un bote
de desperdicios, cuya tapa cerraron con tela adhesiva, y lo pusieron a bordo
del Otter, sobre una tela de plástico rodeada de garrafones de agua (que forman
una coraza eficaz contra la radiación). En Yellowknife el bote de basura
permaneció toda la noche bajo la vigilancia de un desafortunado oficial de
no les dirían: la fuente exacta
de energía del Cosmos 954.
Un
día después llevaron la pieza más radiactiva de las encontradas:
un trozo plano de metal de
Dos hombres de
“Si
lo manejara uno durante cuatro o cinco horas, se enfermaría al cabo de una
semana y sería muy probable que muriese”, advirtió el Dr. Eaton.
Tenía que haber una forma más
rápida de encontrar esos fragmentos mortales. El Grupo de Planeación de
Misiones estudió intensamente el problema en sus sesiones
diarias y encontró la solución:
el sistema de rastreo por microondas.
Teniendo a la mano los
resultados de los rastreos hechos el día anterior desde la altitud mayor, los
equipos de trabajadores trasportados en helicóptero dejaban en la nieve dos
trasmisores de microondas, a
de nieve. Desde que se adoptó
ese sistema la recuperación de fragmentos del satélite por helicóptero se llevó
a cabo rápidamente.
Misión peligrosa
UNA
NIEBLA fantasmal, que helaba hasta los huesos, cubría
una de las misiones más
difíciles de tiempo de paz.
Planeación de Misiones había de
cidido establecer un campamento cerca de Warden’s Grove, para ahorrar las inapreciables
horas de luz diurna que hasta entonces se perdían en volar todos los días des
de la base y regresar a ella, y para determinar con toda certeza si el núcleo
se hallaba allí o si se había
quemado y destrozado al entrar
ardiendo en la atmósfera terrestre.
El nuevo “Campamento Garland”
tendría una pista, lo suficientemente larga para que aterrizara en ella un
Hércules sobre el lago Cosmos, nombre que se le había
dado poco antes. Para los
suministros de esta obra de construcción rápida emplearían una técnica de
precisión: el Sistema de Extracción en Paracaídas a Altitud Baja (LAPES son las
siglas en inglés). El LAPES es una forma
de poner
en tierra cualquier cosa, desde
lámparas de incandescencia hasta máquinas niveladoras de caminos, exactamente
en el punto deseado, en lugares desolados, con lo que se evitan posibles daños
en la carga y la inexactitud de los envíos en paracaídas desde una altitud
considerable. El riesgo mayor lo corre la tripulación: en el LAPES, el avión
debe volar sobre la zona del blanco a sólo un metro o metro y medio de altura y
arrojar la carga, con un empuje horizontal de paracaídas, desde la parte
posterior del aparato.
Los pilotos norteamericanos
introdujeron el sistema LAPES en Vietnam. Los canadienses son ahora los únicos
aviadores que lo emplean en operaciones de invierno, para dejar suministros en
remotos campamentos y aldeas del norte del
país. El paisaje absolutamente
blanco dificulta la percepción de la profundidad, lo que es importantísimo a
sólo metro y medio del suelo. Únicamente los mejores pilotos y tripulaciones
hacen vuelos de LAPES. Además de los pilotos Parnwell y Scott, la tripulación
se compondría del navegante Steve Lucas, del suboficial Jim Hill, ingeniero de
vuelo, del sargento Rick Grinham, encargado número uno
de la carga y del cabo primero
Wayne Garriere, encargado número dos de la carga.
A
las 8:45 de la mañana la visibilidad había mejorado y el Hércules se elevó a
través de la niebla que se disipaba, hasta una altitud de sol brillante, sobre
el norte helado, y rumbo al lugar en que se construiría el campamento. Unas dos
horas después, Ted Parnwell y Amos Scott volaban en círculos sobre la zona en
que dejarían caer la carga.
—Mira
ese helicóptero —exclmó Scott, dirigiéndose a su copiloto, que lo podía
escuchar con audífonos.
En
efecto, había un helicóptero en el lugar en que deseaba dejar la carga. Podían
deshacerse de ella más adelante, pero era cuestión de orgullo ponerla cerca de
la gente que estaba abajo. Los pilotos hablaron del problema con tranquilidad y
buen humor.
—Me
fastidiaría muchísimo soltar la carga sobre el helicóptero.
—Sí.
A los de abajo tampoco les gustaría mucho eso.
Se
aproximaron para ensayar la maniobra. Podían dejar caer la carga cerca de la
orilla del lago y evitar así al helicóptero. Sería una entrega de suma precisión, pero aquello era
su especialidad. Era ya tiempo de que se prepararan.
Las
puertas traseras se abrieron desmesuradamente y el paisaje he
lado quedó encuadrado en una
enorme ventana panorámica. El avión se aproximó nuevamente a gran velocidad al
punto elegido y los responsables de la carga dejaron caer marcadores de botes
de humo sobre la zona del blanco.
“Comprobación
a los seis minutos”, advirtió Parnwell por el sistema de intercomunicación. En
el vientre del avión, Grinham y Garriere, con cascos protectores, audífonos y
arneses de seguridad enganchados al fuselaje, revisaron las dos enormes cajas
de madera terciada que contenían 64 barriles de combustible de aviación,
montadas como en un trineo, sobre plataformas de aluminio. En una última
inspección de todos los detalles, revisaron las cerraduras y desataron las
cuerdas de seguridad. El Hércules, con su monótono rugido, redujo la velocidad
a menos de 240 k.p.h., que es la de aterrizar.
“Un
minuto!”
Los encargados de la carga
soltaron una cuerda de seguridad en el paracaídas de anda que activaría la
expulsión.
“¡
Treinta segundos!”
El Hércules se niveló como si
fuese a aterrizar, entrando veloz mente en la zona de descarga con las ruedas
bajas. El suelo, una gran mancha blanca con fugaces salpicaduras de maleza, se
hallaba.., allí precisamente.
“Quince segundos!” Entonces...
“Desplieguen el anda!”
Atrás, un paracaídas de
¡Crac! Brotaron detrás tres
paracaídas de
“Carga fuera”, informó el
sargento Grinham.
Durante una fracción de según
do, el avión, aliviado de su carga, tembló e hizo por clavarse. En esa misma
fracción de segundo Parn well alzó el aparato en fuerte ángulo y con la máxima
potencia. Un minuto después el Hércules describió un lento arco sobre la zona
en que había depositado la carga. Muy abajo se veía el cargamento ‘nítida mente
colocado cerca de la orilla del lago. El helicóptero no había sufrido daño.
“No tendrán que andar mucho para
recoger eso”, comentó Scout distraídamente. A las 10:55 el Hércules regresaba a
su base.
El legado del 954
AL
CABO de dos semanas el lago Cosmos era un próspero poblado de tiendas de
campaña en que vivían 54 personas. Con los rastreos por microondas a nivel bajo
se iban encontrando multitud de partículas radiactivas, no mayores que un
perdigón, que no presentaban
ningún peligro, a menos que se ingiriesen, pero, considerando su tamaño tan
pequeño, mucho más radiactivas que los fragmentos hallados anteriormente. ¿
Eran parte del núcleo destrozado? Tal vez.
No
se descubrió ningún fragmento grande del núcleo. El 30 de marzo se desmanteló
el Campamento Garland. En abril terminó
los caminos y una zona en que
anidan grullas blancas fueron registrados y declarados incontaminados. La ayuda
norteamericana había sido valiosísima. Por su parte, Troy Wade, jefe delegado
del contingente estadounidense, calificó al equipo canadiense de “tan bueno
como el mejor del mundo”. Pero Medio Ambiente Canadá y algunos consultores
particulares que trabajan por encargo de
“Probablemente
retiramos todo el material verdaderamente peligroso, pero esto es más bien un
juego de azar”, explicó Geoffrey Knight, de
Tampoco
se descubrió ninguna nube radiactiva entre la abundante radiactividad que hoy
existe en la atmósfera superior. Así pues, el asunto del Cosmos 954 pasó a
hacer ruido en medio del pesado y lento mecanismo de la diplomacia.
Canadá
esperaba que se le indemnizara por daños y perjuicios, con inclusión del costo
de la búsqueda, que ascendió a varios millones de dólares, como lo señala un
convenio internacional. Se cruzaron muchas notas diplomáticas
entre Ottawa y Moscú. Yevgeniy
Fedorov, de
mostró partidario de que se prohibieran
los satélites con combustible nuclear, pero reconoció que si un satélite
“causaba daños a otro Estado, el Estado lanzador tenía el deber de indemnizar
por ese daño”.
Durante
todo este episodio, Canadá adoptó deliberadamente una actitud oficial serena,
con la esperanza de granjearse la cooperación rusa (que resultó ser mínima) y
de mantener abiertas las líneas de comunicación por si ocurría de nuevo otro
accidente semejante. Pero Canadá desea, como mínimo, un mayor intercambio de
información en cualquier situación de apuro que se presente en lo futuro.
Hay
otras incógnitas inquietantes. Se cree que el Cosmos 954 no estuvo en
funcionamiento el tiempo suficiente para producir mucha cantidad de mortal
plutonio 239.
Pero supongamos que otros satélites
con reactor nuclear sí lo producen. Aunque permaneciesen en órbita elevada
durante 1000 años, seguirán siendo sumamente tóxicos si volviesen a
De
mayor pertinencia en el mundo actual es que ni Oriente ni Occidente dan
indicios de abandonar el espionaje desde el espacio exterior, y es improbable
que los soviéticos prescindan de los reactores nucleares a grandes alturas.
Entonces, inevitablemente, dada
la falibilidad del hombre y de las máquinas, otros de esos reactores caerá
alguna vez en alguna parte.
¿ Qué ocurriría si lo hace en
unaciudad?
Geoffrey
Knight es un funcionario que se niega a hacer caso omiso de esa pregunta.
“Podía haber sido un problema muy grave en una zona poblada”, dice. “Si el
núcleo hubiese caído sin quemarse, habría sido mortal. Habríamos tenido que
considerar la contaminación del agua y de los alimentos.
Probablemente la evacuación de
gente y la restricción de su libertad de movimiento. Pensar en todo eso
horroriza”.
Y
todos esos pensamientos horripilantes —mucho más que el costo, los actos
intrépidos, la laboriosa y arriesgada búsqueda son el verdadero legado del
Cosmos 954.