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Revista Conozca Mas nro 95, por Leonardo Moledo
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Alla vamos

Todo empezó con una piedra, o mejor dicho, con un choque entre piedras: hace 16 millones de años, un asteroide se estrelló contra Marte y lanzó al espacio pedazos de su superficie. Durante millones de años los fragmentos del enorme choque vagaron por el espacio y un día, hace 13 mil años, varios se estrellaron en la Antártida, a unos 500 kilómetros del Polo Sur. Trece mil años más tarde, en 1984, un grupo de científicos de la National Science Foundation llegó a la Antártida y tras una cuidadosa búsqueda en la zona de los Montes Alían, halló una roca pequeña y de forma irregular: era un meteorito de casi dos kilos de peso. Lo llamaron Allan Huls 84001 (ALH84OO1); muy pronto se supo que procedía de Marte y que su antiguedad era impresionante: 4.500 millones de años. Eso era todo: una piedra marciana.
Lo que nadie se imaginó en ese momento, es la sorpresa que contenía. Hicieron los estudios preliminares y lo guardaron en una caja de plástico. Diez años más tarde, en 1994, un equipo de científicos de la NASA y de la Universidad de Stanford, liderado por el doctor David Mc Kay, comenzó a trabajar sobre ALH84OO1 con instrumental de altísima precisión. Y la artillería científica dio resultados, increíbles: ALH84OO1 - al que podemos llamar familiarmente AL - mostraba evidencias de que hace 3.600 millones de años existieron en Marte formas de vida muy elementales. El anuncio se hizo a principios del mes de agosto y, sacudió al mundo científico: el famosísimo astrónomo norteamericano Carl Sagan afirmó que, de confirmarse, "sería el descubrimiento más importante de la historia de la ciencia". De repente, AL dejó de ser "una piedra marciana" para convertirse en el primer testimonio de existencia de vida extraterrestre. La idea de vida extraterrestre no es nueva: en el siglo XVII, el astrónomo y físico holandés Christian Huygens (1629-1677) creía que todos los planetas estaban habitados. Pero hacia fines del siglo pasado, una inquietante teoría sacudió al ámbito de la ciencia astronómica: en 1877, el astrónomo italiano
Giovanni Schiaparelli observó líneas oscuras y estrechas a las que creyó corrientes de agua y llamó "canali". Pero resulta que en italiano, "canali" designa cursos de agua, tanto naturales como artificiales, pero el significado que prendió fue el de "canales artificiales". Y una idea fantástica: Marte estaba habitado por una civilización capaz de construirlos.

Por entonces se pensaba que Marte era un planeta mucho más antiguo que
la Tierra y resultaba natural pensar que albergaba una civilización más desarrollada que la nuestra. Eso, precisamente, fue lo que concluyó el astrónomo norteamericano Percival Lowell (1855-1916): un planeta que comenzaba a morir y una civilización que intentaba mantenerlo vivo con la construcción de un sistema de irrigación, para llevar el agua desde los polos hasta las zonas más ecuatoriales.
Muy poco después, el astrónomo norteamericano Eduard Barnard mostró que los canales marcianos eran el resultado de una ilusión óptica: todo había sido una mezcla de lo que parecía verse con lo que se quería ver. Pero los marcianos ya se habían instalado en la fantasía colectiva.
Lowell imaginó un mundo rebosante de vida. El novelista inglés H. G. Wells partiría de esa idea para escribir La Guerra de los Mundos (1897), en la que los marcianos invaden la Tierra, que se convirtió en un clásico de la ciencia ficción y en 1953 fue llevada al cine. La existencia de los marcianos prendió de tal manera en la imaginación colectiva, que cuando en 1938 el muy joven Orson Welles -basándose en la novela de Wells- realizó un programa radial en el que se simulaba una invasión marciana, cientos de personas aterrorizadas se lanzaron a las calles. Pero volviendo a nuestro amigo Al y sus marcianos, mucho más modestos que los fabulosos constructores de canales El asunto fue que AL contenía ciertas moléculas orgánicas, conocidas como hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), formadas por anillos de carbono.
Ahora bien: los HAP tienen dos orígenes posibles: uno no biológico, cuando se producen durante la formación de estrellas y planetas1 y otro biológico. Y ese es el caso que interesa aquí: los HAP de AL podrían ser el resultado de la descomposición de bacterias marcianas. Pero eso no es todo: AL contiene además rastros de glóbulos de carbono mineral, que se habría fijado
por la acción de microorganismos. Si hay marcianos, o si los hubo alguna vez, parece decir AL, son marcianos microscópicos, incapaces de invadir nada. Hasta ahí, todo era muy simple, todo estaba bien. Pero AL guardaba otra sorpresa aún mayor. Es que el microscopio electrónico de la NASA encontró algo mucho más espectacular: microfósiles. Se trata de las huellas de estructuras alargadas, filamentosas y de forma ovoidal cien veces más finos que un cabello humano. Curiosamente -o no-, su aspecto es muy similar a las nanobacterias, que son los fósiles más antiguos de la vida terrestre encontrados en algunas rocas. A pesar de que los indicios encontrados en la pequeña roca - unidos a nuestros deseos- parecen pedir a gritos que se los asocie con formas de vida simples y microscópicas, ningún científico puede asegurar que la certeza sea de un ciento por ciento.
Algunos están más convencidos que otros. Entre los más escépticos se encuentra John Kerridege, de la Universidad de San Diego, quien recientemente afirmó que la idea es "prematura y probablemente equivocada". Sir Fred Hoyle, de la Universidad de Cardiff, desconfía a partir de otro punto de vista: "sí se considera que la NASA está ávida de conseguir fondos del Congreso, hay que ser muy suspicaz". Carl Sagan, muy entusiasmado ante el anuncio, opinó que "el descubrimiento es evocador y muy fascinante". Pero también fue cauto:
"no creo que la existencia de restos químicos orgánicos sea evidencia segura de vida".
El mismo David Mc kay, líder del grupo de la NASA que investigó la piedra de Marte, declaró que las pruebas de vida son razonables aunque "no afirmamos que lo hayamos demostrado de manera fehaciente". En nuestro país muchos científicos recibieron la noticia con entusiasmo, pero al mismo tiempo optaron por la prudencia. Marcos Machado y Raúl Colomb, director y subdirector de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales opinaron que cada una de las evidencias encontradas en ALH84OO1 no alcanzan por sí solas para sostener la hipótesis de los microorganismos marcianos, pero "su combinación sugiere que esto es así". Todos coinciden en que, sin duda, la hipótesis de los microorga-nismos marcianos es la que mejor encaja con todo lo que se ha descubierto en
ALH 84001.

Ante todo este enorme revuelo uno bien puede preguntarse cómo es posible estar tan seguros de que AL, de 1,9 kilos y con forma de papa vino desde Marte. ¿No puede ser un simple meteorito proveniente del cinturón de asteroides o de cualquier otro sitio? Como poder, puede ser. Pero hay una fuerte evidencia de que es una típica roca marciana: es muy parecida física y químicamente a las que encontraron las naves Viking 1 y II de la NASA en su amartizaje de 1976; y en segundo lugar en su interior se encontraron pequeñas cantidades de gases típicos de la atmósfera marciana. Aún así los científicos guardan un pequeño margen para el error: las probabilidades de que AL provenga de Marte son del 95 por ciento.
Los astrónomos y geólogos coinciden en que el Marte de hoy no es el mismo que habría posibilitado la vida de rudimentarios seres, hace miles de millones de años. En primer lugar está bien claro de que el agua alguna vez fue muy abundante: aún hoy se ven los cauces de antiguos ríos hoy inexistentes. Y si había agua líquida era porque la temperatura era más alta que la actual, y una temperatura mayor sólo sería posible con una atmósfera más densa que la actual, que podría conservar el calor que el planeta recibe del Sol. Pero Marte parece haber perdido su atmósfera: algunos científicos sugieren que la acción del viento solar fue barriéndola de a poco. Otros sostienen que las causas fueron terribles bombardeos de cometas y asteroides que al impactar contra la superficie se vaporizaron empujando "pedazos" de atmósfera hacia afuera.
Lo cierto es que hoy la tenue atmósfera de Marte contiene 1 milésima del agua que tiene la terrestre, así y todo esta ínfima cantidad da lugar a nubes. Y, al igual que la de Venus, está compuesta principalmente de dióxido de carbono con algo de nitrógeno, oxigeno y argón.
Durante las décadas de los 60 y 70 varias sondas espaciales se acercaron a Marte, pero sólo dos descendieron en él: en 1976 las naves norteamericanas "Viking 1" y "Viking 2" se posaron en la superficie marciana y transmitieron a la Tierra imágenes de un paisaje desértico, rocoso y cubierto por un fino polvillo. El color rojo-anaranjado predominaba por todas partes a causa de las enormes cantidades de superóxido de hierro. Los aparatos analizadores del suelo llevaron a cabo tres experimentos para detectar posibles procesos vitales: el resultado fue un inquietante 2 a 1: dos de las pruebas dieron negativo y la otra dio positivo. Pero muy pronto los científicos aclararon que el resultado de esta última prueba sólo se debió a complejos procesos químicos en los materiales de la superficie Así, la de las Viking fue la última misión exitosa hacia el planeta rojo. Y de eso hace ya veinte años, aunque hubo intentos mas recientes que fracasaron. Sin embargo, hoy, el resultado de aquellos viajes es más que útil, importantísimo. Porque ni bien los investigadores anunciaron la presencia de microfósiles de bacterias marcianas en la piedra, Nadine Barlow, otra científica de la NASA comenzó febrilmente a observar aquellas imágenes enviadas por las sondas Viking para poder determinar de dónde pudo haberse desprendido. Así analizó datos de nada más y nada menos que 42.283 cráteres marcianos. La tarea no fue nada fácil. Como primera medida, Barlow tuvo en cuenta que ALH84OO1 se formó hace 4.600 millones de años. Por lo tanto, teniendo en cuenta la edad de cada una de las zonas de Marte, eliminó el 60 por ciento de la superficie del planeta porque según los cálculos no alcanza esa edad. Y entonces, puso todo su empeño en explorar el 40 por ciento restante, el de formación más antigua, para encontrar los cráteres más jóvenes, es decir, de 16 millones de años, los que tienen una estructura singular: presentan bordes cortantes. El próximo paso consistió en identificar los tipos de cráteres jóvenes que realmente le interesaban entre todos los que se presentaban ante su vista.

Los que ella quería ubicar eran de dos clases. Por un lado estaban los de
forma circular, inmensos, de más de 111 kilómetros de ancho producidos por los asteroides que cayeron perpendicularmente. Por el otro, emergían los elípticos, más pequeños, con más de 11 kilómetros de ancho, consecuencia del choque en ángulo agudo de los asteroides contra la superficie marciana. Según los datos que surgieron de reproducir, computadoras mediante, estos impactos1 estos últimos cráteres son los que podrían enviar piedras a la Tierra. Así, Nadine Barlow fue circunscribiendo su búsqueda a 23 cráteres para concluirla en dos elípticos -uno de 13 kilómetros y otro de 23- ubicados en el hemisferio sur del planeta rojo. El dato trascendente es que uno de estos podría ser la cuna de la piedra de la Antártida porque, según Barlow, de lo que parecen ser cauces de ríos secos". Fundamental, ya que los expertos presumen que los microorganismos tuvieron más posibilidades de prosperar en regiones con agua. A pesar, de los resultados promisorios de su investigación, Nadine Barlow se mantiene expectante. La científica ante su agotadora tarea sólo dice: Decidida
mente es una roca muy interesante, pero aún no estoy en un ciento por ciento convencida de que sea una prueba irrefutable de vida. Hay que buscar más pruebas". Y la búsqueda continúa. Al y sus posibles bacterias ha vuelto a encender la pasión por Marte luego de varios años de desaliento y los científicos de la NASA tienen lista toda una flota de aparatos: Tenemos más de diez naves espaciales programadas para funcionar como robots y listas para viajar a Marte", aseguró recientemente Daniel Goldin, director de la
NASA. Y dos de ellas saldrán muy pronto: el Mars Global Surveyor partirá en noviembre y llegará a mediados de 1997. La otra, el Mars Pathfinder, saldrá en diciembre de este año y arribará en julio próximo. El Mars Global Surveyor es un satélite que orbitará a Marte y lo estudiará "desde arriba", mientras que el Mars Pathfinder incluye un vehículo a energía solar que descenderá hasta tocar suelo marciano, lo recorrerá, analizará y, obviamente, buscará posibles formas de vida.
Pero hay más: los científicos del JPL tienen programada una misión que irá hasta Marte al comenzar el próximo siglo, tomará muestras del suelo y las traerá de regreso a la Tierra para analizarías con lujo de detalles. El entusiasmo actual podría adelantar esa misión, permitiendo que en el 2003 -dos años, antes de lo previsto- las muestras ya estén en manos de la ciencia.
No sólo Estados Unidos apunta sus planes espaciales a Marte: Rusia, Japón y varios países europeos también están en carrera. La búsqueda de vida será sin duda el gran objetivo de todas estas naves no tripuladas. Todos estos esfuerzos servirán como experiencia y preámbulo para una espectacular misión internacional prevista para el 2018. Eso sí, esta vez tripulada por seres humanos. La vida en la Tierra pudo haber llegado desde el espacio. Y no se trata de historias fantásticas que emparentan a poderosas civilizaciones interplanetarias con el hombre primitivo. Nada que ver: más de una vez biólogos y astrónomos han lanzado la hipótesis de que los elementos que hicieron posible el surgimiento y desarrollo de formas de vida pudieron haber llegado a nuestro planeta hace miles de millones de años, cuando meteoritos y/o cometas impactaron contra la superficie. Los cometas fueron y siguen siendo considerados como "semillas para la vida". Pero resulta que ahora los ojos están puestos sobre una piedra de Marte: ¿Y si en un pasado remoto, hace tres mil millones de años o más, cuando estos microorganimos marcianos vivían, algo impactó contra Marte arrojando al espacio fragmentos de su superficie? ¿Y si algunos de ellos, transportando rudimentarias formas de vida, llegaron a nuestro planeta como semillas espaciales? Tal vez hubo muchos ALH 84001, pero no con fósiles marcianos sino con vida vivita y coleante en su superficie o en su interior. Si así fue, todos nosotros podríamos descender de marcianos y tener como madre patria a nuestro vecino y hermano Marte.