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Revista Conozca Mas nro 53, por Abel Gonzalez
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Fabrica de espías

En las afueras de Washington, en el barrio de Langley, a pocas cuadras de la Casa Blanca, hay un enorme y hermético edificio a quienes algunos le llaman "la fabrica de pies". Cuando fue inagurado en 1961, su frente lucia una inocente chapa de bronce en la cual podía leerse "Oficina de Carreteras Publicas". En realidad, en esos inexpugnables pasillos se forjaban los espías mas expertos y peligrosos del planeta. La Oficina de Carreteras Publicas intentaba disimular, un poco ingenuamente, el cuartel general de la CIA, la poderosa central de inteligencia norteamericana, fundada por el presidente Harry Truman en 1946. Su misión consistía en asesorar al Consejo Nacional de Seguridad y al presidente, de quien depende; coordinar todos los departamentos y agencias dedicadas al espionaje; compilar, evaluar y distribuir la información a cada departamento; dirigir las cuestiones comunes a las otras agencias y ejecutar las misiones que le encomiende el Consejo Nacional de Seguridad. Esa acumulación de poder le valió ser motejada de "gobierno invisible de los Estados Unidos".
Actualmente, aquella falsa placa de bronce ya no existe, y la sede de la Compañía -como se le dice comúnmente- está abierta al público, que puede recorrer, en visitas guiadas, buena parte de las instalaciones. Pero el corazón del gigante sigue siendo un sitio reservado no sólo para los norteamericanos comentes sino para muchas altas autoridades del gobierno. Sus archivos son secretos y las salas de operaciones sólo pueden ser frecuentadas por quienes estén autorizados para hacerlo. Allí, en las modernas computadoras se almacenan millones de bits de información y se manejan las actividades de los 30 mil espías que tiene la CIA en las 20 oficinas que posee en todo el mundo. En los sótanos inaccesibles de Langley, una pequeña oficina que depende directamente del director general, y que recibe el modesto nombre de Circulación, mueve todos los años 3 mil millones de dólares para financiar sus actividades. Una cifra modesta si se tiene en cuenta que el presupuesto anual de Inteligencia de los Estados Unidos es de unos 30 mil millones de dólares. La mitad de esa fortuna es administrada por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), mucho más poderosa que la CIA, y que es la institución secreta a cargo del espionaje técnico, que incluye el reconocimiento por satélites, análisis electrónico de las evoluciones estratégicas de Rusia, China y los países árabes de Medio Oriente, la inter-ceptación de todas las comunicaciones militares del mundo y la invención e interpretación de los más avanzados códigos secretos.

Con todo, la CIA ejerce una influencia más grande que ninguna otra agencia del Estado. Eso se debe no sólo a su costoso equipamiento electrónico sino a la capacidad operativa de sus agentes, capaces de voltear y poner gobiernos en los más diversos sitios del globo. Organización eminentemente política, siempre estuvo a merced de los vaivenes y cambios de gobierno. Conoció, así, momentos de esplendor y períodos de profundo ostracismo. Se la alabó y denostó casi por igual. Con el tiempo ocurrió lo inevitable: llegó a tener intereses propios, al margen de las necesidades del Estado. Se embarcó, de esa manera, en operaciones secretas aún para el mismo presidente de los Estados Unidos, que es su jefe nato.
Proliferaron, entonces, las acciones encubiertas. En 1961, después del fracaso de la invasión a Cuba, cuando los contingentes armados por la CIA fueron derrotados en Bahía de Cochinos (operación que estuvo apunto de desencadenar la tercera guerra mundial) la Compañía instruyó a uno de sus agentes, llamado Félix, de origen hispano, para que asesinara a Fidel Castro. El método que se imaginó era poco menos que delirante. Este hombre debía infiltrarse en la isla y con papeles falsos y algunos contactos permanecer en ella hasta hacerse un militante conocido del partido comunista cubano. Una vez alcanzada esa posición, tenía que acercarse a Castro durante alguna reunión y disimuladamente adminis-trarle un veneno por medio de una aguja hipodérmica disimulada en un bolígrafo. La fecha del atentado fue fijada para el 22 de noviembre de 1963. Para lograr este fin, la CIA -según una comisión del Senado que investigó éste y otros episodios ilegales- desarrolló un veneno imposible de detectar y una aguja tan delgada que Fidel Castro ni siquiera sentiría el pinchazo. La droga, llamada Blackdeat-40, no actuaba inmediatamente sino que hacía su efecto ocho horas después de ser administrada. Descubierto, Félix Ramírez debió permanecer cuatro años refugiado en la embajada venezolana.
Pero eso no es todo. Un equipo especial de técnicos de la Fábrica pasó varios meses estudiando la forma de envenenar los cigarros que fuma el líder cubano. Descartado este procedimiento por impracticable, se organizó una expedición para colocar una batería de minas submarinas en los bancos de coral en los cuales solía bucear Fidel Castro. La maniobra fracasó, pero en esta operación se esfumaron 20 millones de dólares. En 1977, cuando el jefe de la Agencia era el almirante Stanfield Turner, éste llevó a cabo una original campaña de reclutamiento. Luego de despedir a unos mil antiguos espias en los que no tenía confianza, hizo publicar en los diarios de todo el país un aviso por el cual se solicitaban "personas de ambos sexos, con capacidad de mando, dominio de idiomas extranjeros y que les guste la aventura para puesto de jerarquía eh la administración pública". Dos años más tarde, este marino que había sido condiscípulo del presidente James Carter, sólo se enteró por la televisión que una revolución integrista había depuesto al sha de Persia y declarado en Irán la república islámica de los ayatollahs, liderada por el imán Khomeini. Ese episodio puso al descubierto una lucha encubierta que se desarrolla aún hoy dentro de la CIA. La Agencia -por esas cosas de las intrigas políticas- se encuentra prácticamente dividida en dos sectores antagónicos, cosa que dificulta su funcionamiento, según algunos sectores del gobierno. Por un lado están los que confían en lo que llaman Humint, es decir, la inteligencia que proviene de las fuentes humanas, de los diversos agentes estacionados en el exterior; por el otro andarivel transitan los que endiosan al Elint. El Elint es la electrónica (Electronic inteligence), a la que supuestamente nada escapa. Uno y otro sectores han experimentado, sin embargo, grandes fracasos. Los satélites de la CIA y sus aparatos de escucha, así como sus aviones de reconocimiento, habían detectado en octubre de 1979 grandes concentraciones de blindados en la frontera sur de la entonces Unión Soviética, a lo largo del río Armur. Un informe de la Compañía aseguró al gobierno norteamericano que se trataba de maniobras militares en gran escala. En Navidad de ese año los tanques de Moscú irrumpieron en Afganistán para apoyar con las armas al régimen comunista de ese país asiático, jaqueado por los guerrilleros nacionalistas. Los ojos y oídos electrónicos de la "fábrica de pies" habían confundido los preparativos de una sangrienta invasión con un rutinario desplazamiento de tropas.
A los humint tampoco les fue bien en esa misma zona del mundo, cuando afirmaron que la revolución islámica, que se extendía por los países árabes, era imposible en la antigua Persia. Pero a la primera embestida de las milicias fundamentalistas, las selectas tropas del sha se dispersaron y se pasaron con armas y banderas a las huestes integristas de Khomeini. Reza Pahlevi debió marchar al exilio y Estados Unidos perdió un valioso aliado en el tumultuoso mundo islámico. ¿Por qué la Agencia, que tenía un centenar de agentes estaciona-dos en el antiguo reino no supo interpretar las claras señales que sí habían advertido los servicios de inteligencia de Francia y de Israel? La respuesta es sencilla y tiene mucho que ver con aquel aviso puesto por el almirante Turner en los diarios para contratar espías. La CIA, sometida a una drástica renovación, perdió en esos años la mitad de sus cuadros más experimentados. Mientras los humint frecuentaban en Irán los despachos oficiales y las fiestas de las embajadas, los agentes israelíes y franceses se sentaban a las mesas de los
populosos cafés de los bazares para escuchar la voz del pueblo. Claro que ellos sabían hablar perfectamente el idioma árabe, en tanto que los espías Norteameri-canos sólo entendían el inglés y el ruso, lenguas que les servía muy poco para auscultar el sentimiento islámico de las multitudes iraníes.
Debido a esos fracasos y a sus muchas intervenciones escandalosas en todas partes del mundo (por ejemplo el derrocado presidente panameño Manuel Noriega figuró durante muchos años en su nómina de pagos), los senadores norteamericanos decidieron someter cada uno de sus actos políticos a un control muy rígido, que incluye 142 instancias de decisión diferentes. Pero como la "fábrica de pies" depende en último extremo sólo del presidente, algunas de sus operaciones siguen siendo un completo misterio para muchos. Desde que cayó el muro de Berlín -poniendo fin a la guerra fría, al menos por ahora-, la Compañía modificó el perfil que exige ahora para sus agentes. Parece que el primer espía moderno del mundo fue el alsaciano Karl Schulmeister, que trabajó a las órdenes de Napoleón. Se dice que era un hombre "puro cerebro y nada de corazón". Fue él quien secuestró y asesinó al duque de Enghienyel que le pasó a Bonaparte los planes enemigos para las batallas de Ulm y Austerlitz, dos resonantes triunfos del general corso. "No es la habilidad ni el coraje de la infantería, la armería o la caballería lo que definió tantas batallas, sino la maldita e invisible arma de los agentes secretos", dijo el emperador francés refiriéndose a Schulmeister. Este enigmático individuo era tan respetado y temido que sus enemigos lo apodaron "el Napoleón de los espías".

Increíblemente, en la nueva escuela de la CIA se toma a este singular alsaciano como modelo. Sus virtudes, por supuesto, no eran pocas. No sólo era el más hábil esgrimista de su tiempo sino que tenía una puntería infalible y poseía nervios de acero. Su aspecto físico era modesto. Retacón, incipientemente obeso y poco agraciado compensaba esas desventajas con una cultura política excepcional y una viva inteligencia. Podía escribir y hablar correctamente
diecinueve idiomas, y entendía tanto de artes como de ciencia. Era simpático, gran conversador y había viajado por todo el mundo. No tenía escrúpulos en asesinar a sangre fría y su único ideal era el dinero. Sus émulos posmodernos de la Agencia han diseñado un patrón ideal sobre esa base. Los buenos espías actuales, dicen en la Compañía, son esencialmente finos analistas de la realidad y están muy lejos de la tipología atlética y apolínea que impuso el cinematográfico James Bond. En realidad, se parecen a uno de esos distraídos y desgarbados profesores de Harvard que se ven todos los días en las aulas. Por las dudas, aseguran sus competidores de la KGB rusa, no conviene demasiado sentarse en un restaurante dándoles la espalda.