Revista. por Vicente Fernandés. Noviembre 19947
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Nos vigilan
Cuando el presidente de la compania dio por ter minada la reunión, todos los ejecutivos presentes comenzaron a recoger sus útiles de trabajo. Uno de ellos, a quien podríamos llamar John Smith, guardó tranquilamente su bolígrafo en el bolsillo interior de la chaqueta. Todos los temas tratados en la reunión eran confidenciales. Sin embargo, Smith tenía ya en su poder cada una de las palabras que en ella se habían dicho: al sacar su bolígrafo del bolsillo al inicio de la reunión, había puesto en marcha una diminuta grabadora oculta entre sus ropas, que se apagó automáticamente cuando el bolígrafo volvió a su lugar. Cualquier compañía rival le pagarla generosamente por aquella información.
Horas después, Smith estaba en su casa pensando en la mejor manera de sacar provecho a aquella grabación, cuando llamaron a la puerta. Era el cartero, que le entregó un pequeño paquete. En su interior habla un cinta de video. Intrigado, la reprodujo en su televisor, y se quedó atónito al contemplar unas imágenes perfectamente nítidas de él y su esposa haciendo el amor en el dormitorio de su casa. Tras registrar la habitación durante una hora, Smith encontró una cámara de vídeo no mucho mayor que una caja dé fósforos, discreta-mente adherida a una lámpara. Al instante comprendió que, de espía había pasado a convertirse en espiado...
Rocambolesco? Quizá, pero no imposible. Tanto la grabadora conectada al micrófono como la microcámara existen, están al alcance de cualquiera que
tenga dinero para comprarlas. Estas son dos de los múltiples ingenios surgidos en el terreno del espionaje civil, una actividad que se ha convenido en un floreciente negocio en varios paises. Ahora, todos podemos ser James Bond y llevar ocultos en la hebilla del cinturón, en el reloj de pulsera, en la patilla de los anteojos aparatos para escuchar y grabar.
La historia de John Smith es imaginaria, pero resulta un buen ejemplo del acceso cada vez mayor por parte del ciudadano común a sofisticadas técnicas de espionaje. Micrófonos, cámaras, teléfonos intervenidos, han dejado de ser patrimonio exclusivo de los servicios secretos están penetrando en terrenos como el espionaje industrial, la investigación privada, la política o el periodismo. En este último campo puede verse cómo los tiempos cambian. Hace 14 años, Richard Nixon tuvo que dimitir por las escuchas ilegales que originaron el escándalo Watergate; el pasado año fue un periodista, el alemán Gúnter Wallraft, quien utilizó micrófonos y cámaras ocultas para obtener imágenes y grabaciones sobre las condiciones de vida de los inmigrantes turcos en la RFA; la revista Time publicó recientemente un artículo donde se preguntaba hasta qué punto era ético el empleo de ingenios de espionaje civil para la elaboración de reportajes. En teoría, los campos de lo privado y lo público están perfectamente
delimitados en el periodismo yanqui, y el empleo de estos aparatos deberla restringirse a los casos en que sea necesaria la obtención de pruebas para, por ejemplo, denunciar algún comportamiento delictivo. Pero la oferta de artilugios es tan variada, y su rendimiento tan eficaz, que se han convertido en una tentación difícil de resistir.
Periodistas aparte, la spy-tech está proliferando en la vida privada. Ya es un equipamiento obligado en varias agencias de detectives, pero también les quita trabajo. Ahora, para descubrir una posible infidelidad matrimonial, en lugar de contratar a un investigador, basta con hacerse con un micrófono y colocarlo en el lugar conveniente. Y un caso más grave: en las últimas semanas, la vida política española también se ha visto salpicada por el escándalo del presunto espionaje telefónico a varios líderes de la oposición.
Pero todo esto no es nada nuevo. Ya en 1887 la empresa neoyorquina Tisdeil and Wittelsey diseñaba y vendía una cámara oculta en el interior de una bolsa para el almuerzo como la que lleva cualquier trabajador. En la década de 1890 aparecía en los periódicos norteamericanos el anuncio de una cámara para detectives, que tomaba fotografías en una dirección distinta a la que apuntaba el objetivo, permitiendo así conseguir imágenes de una persona sin que ésta se diera cuenta. Fue el comienzo, aunque los modelos más avanzados siempre estuvieron a cargo de departamentos gubernamentales. Y algunos eran verdaderas obras de arte, como una microcámara crea da por el KGB y oculta en un paquete de tabaco: el disparador accionaba oprimiendo tres cigarrillos falsos, y aún quedaba espacio en el paquete para dos cigarrillos reales, para poder invitar a fumar sin despertar sospechas.
Hoy, las cámaras camufladas, en miniatura, son meros juguetes; una pequeña parte en el mundo del espionaje y, desde luego, no la más importante. Teóricamente, cualquier persona, en cualquier lugar, puede ser vigilada, tanto acústica como visualmente.
La intervención de las líneas telefónicai es una de las formas más comunes de vigilancia. Hay diversos métodos para in tervenir un teléfono: uno es instalar un pequeño micrófono dentro del auricular, pero también se puede colocar en el circuito impreso del aparato, o conectar un transmisor a la línea en alguna subeentrá de la propia compañía telefónica. En ocasiones, el micrófono o el transistor se esconden en una pequeña caja, en cuya puerta se escribe «Alto voltaje», como una manera de protegerse de los registros.
Para defenderse de este tipo de escuchas, hay artículos a la venta que permiten detectar las intervenciones. Y lo más curioso es que pueden comprarse en las mismas empresas que comercializan los micrófonos. El más sencillo de estos aparatos es portatil, tiene el tamaño de una radio de bolsillo, y verifica la seguridad de cualquier teléfono. Su principal ventaja es que se puede llevar siempre encima. Otro es un maletín con teléfono incorporado, que incorpora un sistema llamado scrambie para hacer la conversación ininteligible para cualquiera que no sea el receptor de la llamada. También existen otros aparatos para transmitir mensajes que llevan este sistema de interferencias incorporado (alguno incluso puede disimular una voz masculina haciendo que parezca la de una mujer, o viceversa). Y aún hav otro detector que controla los cambios en el voltaje que pueden indicar una posible intervención, avisando al usuario con una señal inaudible. De este modo, si el aviso se produce en medio de una conversación, éste sabrá que debe cambiar de tema, o de teléfono, inmediatamente.
Pero el aparato más conflictivo en este terreno no es un ingenio de escucha, sino de control. Por medio de un sistema computarizado, es posible saber cuántas llamadas se han hecho con un teléfono determinado, cuánto ha durado la conversación, a qué números se ha llamado y el tiempo que han ocupado las llamadas recibidas. Un artilugio que ya ha provocado problemas en algunas empresas norteamericanas, donde los empleados han protestado por considerar que ejerce un control excesivo en su jornada laboral.
Los micrófonos son aún más populares que las intervenciones telefónicas a la hora de escuchar conversaciones. Por lo general, tienen dimensiones muy pequeñas y están conectados a un receptor, casi siempre con equipo de grabación incluido, situado en las proximidades. El alcance de estos aparatos varía entre 300 y 400 metros. Pero el ingenio de sus creadores va aumentando con el paso del tiempo, de modo que los micrófonos se fabrican cada vez de menor tamaño y pueden esconderse en los lugares más inverosímiles. Hay modelos que pueden ajustarse para que emitan en alguna frecuencia libre de la FM, que puede recibirse con un simple aparato de radio convenientemente modificado, lo cual representa un problema si se descubre a la persona que está escuchando, pues resulta imposible probar sus actividades.
El principal inconveniente del uso de micrófonos es la corta duración de sus baterías. Ya es bastante complicado conseguir la instalación de uno en determinada habitación, como para tener que volver repetidas veces a recargarlo. Esto se ha solucionado creando nuevos modelos activados por la voz, o conectados al interruptor de la luz. Es la misma persona sometida a vigilancia la que, al entray en la habitación y encender las luces, pone en marcha el micrófono sin saberlo. Otros modelos han solucionado el problema mediante métodos más enrevesados, pero conviene aclarar que esto no significa que se utilicen con más frecuencia. En la vigilancia lo que cuenta es la eficacia, no el ingenio. Así; los pequeños micrófonos que se recargan solos mediante piezoelectricidad no son muy populares, debido a su corto alcance. La piezoelectricidad es la propiedad que tienen algunos cristales de desarrollar una carga eléctrica cuando se les aplica un esfuerzo mecánico. Y ese esfuerzo puede ser tan minúsculo como el de las mismas ondas sonoras producidas por la conversación que está registrando. Un micrófono piezoeléctrico utiliza esta potencia para cargar un diminuto transmisor intalado en un chip de silicio; es quizá el micrófono más pequeño que existe. Podría instalarse en un mondadientes, pero su eficacia es proporcional a su tamaño: su alcance sólo abarca distancias muy cortas.
Mucho más práctióo es cierto aparato que, al menos en los Estados Unidos, puede adquirirse en el mercado negro por mil dólares. Sólo pueden accedér al mismo agentes del gobiérno y especialistas de alto nivel privado. Consiste en un micrófono que debe instalarse en el auricular del teléfono de la persona a la que se quiera espiar. Una vez hecho esto, se marca su número desde otro teléfono, que puede encontrarse en cualquier parte del mundo. Cuando suena el timbre, se envía por la línea una señal acústica, que hace que deje de sonar. Pero desde ese momento el micrófono está activo, y, tanto si el teléfono está colgado como si no, recogerá cualquier palabra que se pronuncie dentro de la casa. ¿Qué se puede hacer contra todo esto? La mejor arma, como en el caso de los teléfonos, son los detectores. Existen varios modelos portátiles que delatan y localizan los transmisores ocultos en una habitación. O bien puede recurrirse a empresas especializadas que llevan a cabo un minucioso registro de la sala sospechosa.
Una vez comprobados teléfonos y micrófonos, podría pensarse que en una habitación o un despacho han quedado totalmente a salvo de escuchas, pero no.
Entramos ya en otros elementos más complicados del espionaje civil, más sofisticados y menos utilizados, pero siempre presentes. Si la sala donde se mantiene la conversación tiene una ventana, ya existe peligro. Al menos existe desde la invención de los micrófonos láser. Cuando hablamos cerca de una ventana. nuestras voces hacen vibrar el cristal. Si una fuente de luz intensa
es dirigida hacia ese cristal, las vibraciones originadas por la voz producirán variaciones comparables en la frecuencia de la luz reflejada. Dicho de otro modo, el micrófono láser funciona de la misma manera que esos teléfonos que fabrican los niños con un hilo y dos latas: la lata es el cristal, y el hilo el rayo láser.
Claro que para que eso ocurra es necesario que las únicas vibraciones que experimente el cristal sean las de la voz humana. Otros ruidos que hagan vibrar el cristal, como timbres de teléfono, más conversaciones en la misma habitación, o el tráfico que pasa por la calle, producen un mar de interferencias que hacen que esta técnica de espionaje no sea demasiado popular. Por si acaso, las compañías americanas tienen a la venta aparatos especiales que producen un sonido inaudible para el ser humano, pero que causa vibraciones en las ventanas.
Mantener una conversación en medio de una plaza, un parque, o por una calle concurrida, creyendo que la multitud servirá de protección, tampoco garantiza una completa seguridad, gracias a los micrófonos direccionales. Son quizá los aparatos de vigilancia más fáciles de conseguir, ya que se utilizan mucho en las retransmisiones de televisión, y pueden adquirirse en cualquier comercio de electrónica y sonido bien equipado. Por lo menos, los modelos más convencionales. Un micrófono direccional actúa como un telescopio, pero, en vez de acercarla imagen, acerca el sonido. Consiste en un micrófono en forma de tubo alargado, que se enfoca hacia la fuente de sonido que se desea recoger. Esta puede encontrarse, según el modelo, hasta a más de un kilómetro de distancia. A veces el micrófono va reforzado por una pantalla que ayuda a concentrar los sonidos que se reciben.
La fibra óptica también tiene algo que decir a la hora de espiar a los demás. Un largo cable de fibra óptica para vigilancia visual puede introducirse en una habitación a través de mil recovecos: agujeros de ventilación, conductos de electricidad, incluso por la misma fachada hasta la ventana que interese vigilar. Este cable no emite campos electromagnéticos que puedan permitir a un detector descubrir su presencia. Aun así, su aplicación en el espionaje comercial no está muy desarrollada. ¿Adónde iremos a parar? No es difícil imaginarse un futuro no muy lejano donde la gente se gasta lo que no tiene en tecnología para espiar y no ser espiada. La sensación de vulnerabilidad es patente, y no puede decirse con seguridad que exista un lugar a prueba de escuchas, ni siquiera dentro de la propia casa (si está pensando en el cuarto de baño, olvidelo: la superficie del agua del retrete vibra por una conversación cercana, y basta con instalar un micrófono en el tubo de ventilación para recoger esas vibraciones). Pronto, el hombre de la calle puede acabar como el protagonista de la película La conversación (1974) de Francis Ford Coppola: un especialista en escuchas ilegales que al final, víctima de la paranoia provocada por su trabajo, destroza furiosamente las paredes, suelo y muebles de su departamento en busca de micrófonos ocultos. Cuando por fin está convencido de que nadie lo vigila, se sienta en una silla, entre las ruinas de lo que una vez fue su casa, para tocar tranquilamente el saxofón...