Revista Descubrir. Por T. Dorio. Julio 1992
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Entramos al cuartel general de la CIA
La mañana del pasado 12 de noviembre no era William Webster, el flamante director de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA) desde 1987, quien en la limusina negra atravesaba las calles de Washington camino del cuartel general de esta organización en Langley, Virginia. El nuevo ocupante del lujoso coche no era otro que Robert Cates, que una semana antes, el 5 de noviembre, había sido ratificado como jefe de los servicios de espionaje norteamericanos por el Senado estadounidense.
Con el escándalo Irangate guardado en el cajón, sólo a utilizar si se descubre su conexión con la venta de armas para financiar a la contra nicaraguense, Cates se ha erigido en el nuevo director de la CIA y, por tanto, en el guía de los nuevos destinos de la intrincada y carísima red de espías, que no tiene a quién espiar.
Una vez erradicado el peligro comunista y finalizada la guerra fria, la Agencia Central de Inteliqencia no tiene enemigo contra el que combatir. Una de las preocupaciones de Georqe Bush hov, en 1992 es, pues, definir una función para el sanctasanctorum del espionaje norteamericano. Y mientras desde las altas instancias del Gobierno se buscan nuevos retos para la CIA, el cuartel general de Langley no ha tenido inconveniente en abrir sus puertas y en dejar fotografiar algunos rincones de sus instalaciones. Algo que no deja de ser sorprendente sise tiene en cuenta las cuatro décadas de hermetismo absoluto que han caracterizado a La Agencia.
Inaugurado en 1961, el cuartel general de la CIA de Langley está situado a unos 13 kilómetros al noroeste de la Casa Blanca. Ocupa un espacio de 56 hectáreas. Es un inmueble que costó 46 millones de dólares (4.600 millones de pesetas); tan sólo su laboratorio de investigaciones requirió la inversión de 200.000 dólares.
Dispone de los más modernos ordenadores, un gigantesco depósito de datos y un archivo con 100 millones de fichas perforadas con información de personas, empresas, gobiernos, etcétera. A este complejo se le conoce como la ciudadela de la luz ya que, al margen de la blancura que distingue sus edificaciones, la luz que irradia durante la noche produce el efecto de un día sin fin. Situado en el corazón de un bosque, el cuartel se ha rodeado de enormes jardines, aparcamien-tos y carreteras, dando todo ello la imagen de un complejo futurista propio de las películas de ciencia-ficción.
Una vez traspasada la verja de seguridad, un camino con ramificaciones conduce al vestíbulo principal. Allí, un busto de George Bush preside la sala; junto a él, un muro de mármol alberga la inscripción: "Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres". San Juan 8:32. Y conseguir la mayor cantidad de información es, en definitiva, el principio por el que nació la Agencia Central de Inteligencia. Ahora bien, cómo se utilice la información ya no es asunto de las personas que trabajan para el cuartel general de Langley. Eso queda para las altas instancias del Gobierno norteamericano.
En realidad, la CIA surgió en 1947, de la mano del presidente Harry S. Truman, con el objeto de recopilar y analizar información que fuese útil para Estados Unidos, pero sin recurrir a la clandestinidad ni a las operaciones secretas. Truman, heredero del espíritu rooseveltiano, concebía esta organización corno una sucesora de la ya desaparecida Office of Strategic Services (0SS), oficina que se encargó de recabar información sobre Japón y Alemania para Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y no como un ente intervencionista. Mas el fantasma de la guerra fría adulteró los propósitos iniciales. En consecuencia, la CIA no se limitaría durante los años siguientes a observar, acechar y amasar informaciones político-militares de los cinco conti-nentes, sino que se entrenó para desestabilizar regímenes, auxiliar a dictadores conservadores y llevar a cabo una guerra psicológica de vastas proporciones. Enferma del virus anticomunista, la CIA hizo todo aquello que la Casa Blanca anhelaba en privado, y trataba de favorecer el papel de Estados Unidos como árbitro dominante en los cambios políticos que experimentaban los países de Asia, Africa y América Latina.
Harry S. Truman, abrumado por las actividades de la CIA, manifestó, el 22 de diciembre de 1963 en el Washington Post, que "Estados Unidos había llegado a ser una nación respetada por sus instituciones y por su habilidad en mantener una sociedad libre. Sin embargo, existe algo en la forma como ha estado funcionando la CIA que arroja una verdadera sombra sobre nuestra posición histórica, y necesitamos corregirla".
¿En qué pudo consistir esa sombra? En 1950, la CIA creó una organización, la Western Enterprises Inc; que armaba, preparaba y equipaba a guerrilleros nacionalistas chinos quienes, desde las islas, realizaban incursiones en la China comunista. En 1952, apoyó el golpe de Estado que expulsó del país al rey Faruk de Egipto, e instaló en el poder a Gamal Abdel Nasser. En 1961, intentó liquidar a Fidel Castro, llevando a cabo una operación de desembarco en la Bahía de Cochinos. La CIA fue acusada también de intervenir en el Congo y en la caída de Allende, en Chile.
Miles de criticas llovieron sobre la organización, y durante la etapa del presidente Carter fue sometida a un somero debate. Carter pretendió depurarla y sanearla. Lo consiguió en parte, pero, ante todo, lo que se trataba era de ofrecerla, frente a los órganos de inteligencia de algunos países, como algo aparentemente accesible. Lo cierto es que la Agencia continuó desarrollando una inmunidad sin límites que ha durado hasta la actualidad. Después, con Ronald Reagan, aumentó el reclutamiento de espías, una política que parece mantenerse con George Bush, director de la CIA durante la presidencia de Gerald Ford.
En la actualidad, los corredores del cuartel general en Langley son un hervidero continuo de información, que atraviesa los canales correspondientes hasta llegar al despacho del director de la CIA y a su equipo de asesores y analistas. Cada mañana, el jefe de los servicios de espionaje norteamericano acude a su despacho, no sin antes haberse reunido con el presidente de Estados Unidos. Su dependencia del presidente es inherente al cargo, y para ello cuenta con el único teléfono de seguridad en todo el complejo que contacta con la Casa Blanca.
En estas instalación se distribuye un complejo organigrama de espías, analistas y técnicos dividido en cuatro direcciones: la de Operaciones o Servicios Clandestinos, la de Administración y Servicios, la de Investigación y la de Ciencia y Tecnología. De ellos dependen un sinfín de departamentos repartidos por todo el inmueble de Langley.
La Dirección de Servicios Clandestinos es la más grande de todas, con 6.000 personas a su cargo; un 45 por ciento de este personal se encuentra destinado en el extranjero bajo una cobertura especial (normalmente como representantes del Departamento de Estado o de Defensa). Así, esta Dirección cuenta con operativos en Extremo Oriente, Europa, América Central y del Sur, Canadá y Africa.
La Dirección de Administración y Servicios se dedica a las tareas administrativas y, sobre todo, al apoyo de la anterior. La Dirección de Investigación se encarga de la información, tanto confidencial corno accesible, para producir los informes de espionaje. De ella depende el Centro de Operaciones, uno de los departamentos más importantes del cuartel general de Langley, donde se guarda la información confidencial de la Agencia, tanto de personalidades como de los países conflictivos para el Gobierno norteamericano. Aquí, cada mañana, tiene lugar una reunión al más alto nivel. Miembros del Departamento de Estado, la Casa Blanca y oficiales del Pentágono establecen, en definitiva, la postura del Gobierno norteamericano con respecto al mundo.
Esta Dirección cuenta, además, con departamentos como la Oficina de Información de Actualidad, con monitores que funcionan las 24 horas del día, dedicada a la elaboración de informes diarios sobre los acontecimientos mundiales, tanto políticos corno económicos o militares. O la Oficina de Información Estratégica, que se ocupa de análisis de mayor alcance sobre tendencias, posibles zonas criticas futuras y cualquier tipo de información de interés para los planificadores de la política exterior norteamericana.
Por último, la Dirección de Ciencia y Tecnología se ocupa de la investigación básica y el desarrollo técnico de los distintos sistemas de recogida de información y del análisis de los datos referidos a campos muy especializados desde el punto de vista técnico, así como del grueso del trabajo relacionado con el proceso de datos mediante ordenadores. Durante años, los mayores esfuerzos económicos de esta Dirección han estado dirigidos a la puesta a punto de sistemas de reconocimiento aéreo con aviones espía, de intercepción de comunicaciones, de detección de largo alcance, así como satélites de reconocimiento fotográfico y electrónico, que en las últimas décadas han proporcionado gran cantidad de información detallada sobre programas de misiles soviéticos y chinos, y sobre Oriente Medio.
Sin embargo, si hubiera continuado la guerra fría o la amenaza comunista, los miles de millones de dólares empleados en la construcción y perfecciona-miento de radares y satélites se hubieran dado por bien gastados, e incluso se habrían aportado más fondos para su desarrollo. Ahora parece que el declive de estos aparatos está garantizado, o al menos habrá que buscarles otros usos. Esto es lo que le ha pasado a uno de los radares más modernos que se han desarro-llado, el OTH-B. Esta maravilla tecnológica, orientada en un principio para detectar un bombardero o un misil soviético 3.200 kilómetros antes de que llegue a las costas de Estados Unidos, fue el resultado de veinte años de investigación y una inversión de 1.400 millones de dólares. El proyecto preveía la instalación de uno de esos radares orientado hacia el Pacífico y otro hacia el Atlántico. Viendo como marchan hoy las cosas, el del Oeste ha sido clausurado, y el de la costa Este, instalado en el Estado de Maine, funciona sólo 40 horas semanales.
De cualquier forma, los avances tecnológicos desarrollados a lo largo de tantos años de hermetismo constituyen uno de los mayores atractivos del cuartel general del Langley. El Departamento para el Procesamiento de Datos, utiliza procesadores digitales de imágenes para analizar desde distintas perspectivas las imágenes tomadas por los satélites-espía e incluso verlas como si se hubieran realizado desde tierra. La Oficina de Análisis de Imágenes ayuda a construir modelos a escala de misiles utilizando una simple fotografía o dibujo. Este departamento cuenta, además, con potentes microscopíos que les permiten a los expertos estudiar hasta el mínimo detalle, por ejemplo, los misiles soviétivos SAM-2 a partir de imágenes de satélites.
La información recogida por la CIA se almacena en una especie de silos (nueve en total), cada uno de los cuales contiene 5.900 disquetes, con más de un millón de megabites de información. Almacenar tal cantidad de datos no es una tarea sencilla, y por ello, los expertos se sirven de revolucionarios sistemas robotizados que les permiten guardarlos y localizarlos con gran rapidez. En cuanto a los documentos clasificados, son desmenuzados y tratados químicamente para eliminar cualquier resto de escritura. Normalmente, el destinatario de los restos de la documentación de la CIA es el condado de Fairfax, próximo a Langley.
Este conjunto de operaciones son llevadas a cabo por un total de 15.000 espías, analistas y técnicos, que componen la plantilla de la mítica organización norteamericana. De ellos, algunos están permanentemente en Langley y el resto, esparcidos por los cinco continentes; no se cuenta el personal contratado para operaciones concretas, por lo que la cifra se eleva. Todos deben someterse periódicamente al detector de mentiras para garantizar la seguridad de esta red de espionaje. Además, un importante cuerpo de psiquíatras y médicos, autorizados a conocer materias reservadas, atienden y vigilan las dolencias tanto físicas como mentales de todo el personal de la Agencia. Este departamento analiza, a su vez, a los posibles agentes y prepara los perfiles psicológicos de los que trabajan en el extranjero.
Ahora, una vez eliminado el peligro y su tradicional enfermiza obsesión por el comunismo soviético, la CIA se enfrenta a un proceso de reestructuración. Claro que aún se plantea numerosas misiones que abordar: combatir el terrorismo, las drogas, las erupciones de todos los Sadam Hussein, el tráfico de armamento o el espionaje industrial. Aunque el mundo ha entrado en un período de distensión, el espionaje estatal no tiene visos de desaparecer. El siglo XX ha descubierto las posibilidades del servicio secreto planificado, y no es probable que los Gobiernos quieran renunciar a tal recurso.