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Revista Selecciones. Por T. R. REID
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Gracias por el chíp

Para alguien que una vez salió reprobado en un examen de matemáticas, fue maravilloso lo que ocurrió el lO de diciembre del año 2000 en Estocolmo:
Jack Kilby, hombre de trato afable oriundo de Kansas, al que el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) había rechazado por tener notas bajas en matemáticas, recibió el Premio Nobel de Física, lo cual resulta tanto más notable cuanto que Kilby no es fisico ni tiene gran preparación formal en la materia.
Si la Real Academia Sueca de Ciencias decidió pasar por alto este detalle es porque Kilby, después de todo, logró el invento más valioso de la segunda mitad del siglo XX: el chip o microprocesador, e inauguró así la era de la informática.
Podría decirse que este dispositivo de silicio, parte esencial de todos los aparatos electrónicos, se ha vuelto el producto industrial más importante después del petróleo crudo. Sin él no habría computadoras personales, teléfonos celulares, Internet ni videojuegos. El microprocesador, un circuito integrado en una lámina de material semiconductor, generalmente silicio, ha cambiado el mundo tan radicalmente como la lámpara eléctrica, el teléfono y el automóvil, pero, por alguna razón, el hombre que lo inventó nunca obtuvo el reconocimiento del que disfrutaron Edison, Belí y Ford. Ahora, a sus 77 años, Jack Kilby quizá reciba la atención que merece, gracias al Premio Nobel.

JACK KILBY se crió en Great Bend, Kansas. Su padre dirigía allí una central eléctrica, y cuando Jack estaba en la escuela de enseñanza media se propuso ser también ingeniero electricista. Puso la mira en la meca de los ingenieros en ciernes, el MIT; y en el verano de 1941 tomó el tren a Cambridge, Massachusetts, a fin de prepararse para el examen de admisión al instituto. Salió reprobado.
Seis décadas después, cuando su retrato está junto al de Edison en el Salón de la Fama de los Inventores Estadounidenses y posee unas 60 patentes y casi todos los premios de ingeniería, Kilby aun recuerda ese fracaso: "La calificación mínima para aprobar era de 500, y saqué 497".
A los pocos meses estalló la Segunda Guerra Mundial y Kilby, que era cabo segundo, fue asignado al taller de reparación de radio de un puesto militar de su país en la India. Al terminar la guerra asistió a la Universidad de Illinois y se recibió de ingeniero electricista. Era una época de auge de la electrónica. En 1947, tres estadounidenses inventaron el transistor, primer dispositivo de material semiconductor comercialmente importante. En seguida hubo cursos de fisica cuántica y circuitos transistorizados... sólo para fisicos.
"No querían poner cosas tan fascinantes al alcance de gente simple como los ingenieros", cuenta Kilby.
Luego de recibirse, entró a trabajar a una pequeña fábrica de piezas electrónicas llamada Centralab, porque fue la única empresa del ramo que lo aceptó. Pocos años después envió una solicitud a la Texas Instruments, en Dallas, y en 1958 se enteró con gran alegría de que lo habían contratado. Tenía 34 años.
TEXAS INSTRUMENTS ya era importante, pero no tanto como Kilby iba a hacerla. La empresa le encargó la solución del mayor problema de la electrónica en ese tiempo: el de las "interconexiones" o "cableado".
Alentados por la invención del transistor, los ingenieros estaban diseñan-do circuitos para unos nuevos aparatos electrónicos: computadoras ultraveloces capaces de sostener redes de comunicación mundiales o enviar cohetes a la luna. Sólo que estas maravillas de la tecnología no existían más que en papel: exigían tantos kilómetros de alambre y tantos millones de conexiones soldadas, que era imposible construirlas.
En todo el mundo se buscaba la solución, pero Jack Kilby tenía una gran ventaja: "Como era un novato ignorante del tema, no sabía qué consideraban imposible los demás y no descarté ninguna posibilidad".
En el laboratorio de semiconductores encontró la solución: eliminar los alambres. Era una ruptura tan audaz con la historia de los circuitos, que al principio creyó que no funcionaría, pero sabía que todos los elementos básicos de un circuito podian hacerse del mismo material: silicio. Si se fabricaban todos en una misma pieza, las interconexiones podían colocarse, y hasta imprimirse, en un fragmento del material.
Al no haber alambres ni soldaduras, cabrían muchos componentes en muy poco espacio. Se podía poner todo el circuito de una computadora en un fragmento del tamaño de una uña de bebé.
EL 24 DE JULIO DE 1958, Kilby anotó la idea en su cuaderno de laboratorio: "Los siguientes elementos de circuito podrían hacerse de una sola pieza: resistores, capacitor, condensador de capacitancia distribuida, transistor". Fue esta frase la que le valió el Nobel.
Pero a un ingeniero no le basta escribir la idea. "Los científicos quieren entender las cosas; los ingenieros desean hacerlas funcionar", dijo una vez Kilby. Fue así como uno de los ingenieros más nuevos del laboratorio le preguntó tímidamente al jefe si podía construir un prototipo de "circuito integrado". El jefe accedió, pero, como no quería gastar demasiado, le pidió que construyera un circuito sencillo llamado oscilador desfasador, dispositivo de uso común que convierte la corriente directa en corriente alterna.
El 12 de septiembre, un grupo de directivos de Texas Instruments fue al laboratorio para ver si el curioso circuito integrado de silicio ideado por Kilby funcionaba.
El ingeniero estaba empalmando nerviosamente algunos alambres. Luego de revisar dos veces las conexiones, tomó aliento, se encogió de hombros como diciendo "A ver qué pasa" y encendió el dispositivo.
Al instante apareció en un monitor una serpiente de luz verde: la sinusoide que representa la corriente alterna. El microprocesador funcionaba. Había nacido una era de la electrónica.
Algunos meses después, otro estadounidense, Robert Noyce, dio con un dispositivo casi idéntico, pero más fácil de fabricar, de allí que se le considere coinventor del microprocesador. Más adelante fue cofundador de la Intel, el gigante multinacional de los microprocesadores, y sin duda habría compartido el Nobel con Kilby de no haber muerto en 1990, ya que el premio no se otorga póstumamente.
HACE APENAS 43 años, el microprocesador no existía. Ahora, representa una industria mundial de 177 mil millones de dólares y se encuentra en cualquier lugar.
Jack Kilby, el estadounidense que puso en marcha esta revolución tecno-lógica, nunca ha recibido grandes sumas, lo cual no le importa. Es ingeniero, está dedicado a resolver problemas y ha seguido abordando cuestiones de impor-tancia universal. Fue coinventor de uno de los primeros productos comerciales importantes de la tecnología del microprocesador: la calculadora de bolsillo, e intentó construir una célula fotoeléctrica barata.
En Dallas es una celebridad; los medios informativos lo llaman "el Edison tejano", pero la mayoría de sus conciudadanos no lo conoce. Quién sabe por qué, nuestra sociedad saturada de noticias, con su insaciable apetito de rostros nuevos, ha pasado por alto a un verdadero héroe, un hombre que mejoró la vida diaria de todo el mundo con una buena idea.